—Y tú te juntas al que aborreces —interrumpí—, y tú te alejas del que... te es simpático... y tú trituras tus pasiones como la santa más pintada. No me vengas con santas a mí... Ninguna hizo más que tú.

—¡Avemaría, qué barbaridad! —exclamó sinceramente—. Si no estuviese tan incomodada por tus desatinos, ahora me reía a carcajadas. Hay para estarse riendo un año (y al decir esto se le soltó una lágrima gruesa, rápida y de esa bonita forma de perla que tienen las de las imágenes). Te digo que sí, que a carcajadas me reía, hombre. Las santas que siendo reinas se fueron a los hospitales a cuidar enfermos asquerosos; las santas que andaban llenas de cilicios que les hacían llagas y costras; las santas que comían diariamente un mendrugo de pan o unas hierbas cocidas y mezcladas con ceniza... ¡Hijo! No más simplezas; soy una pecadora... y esta conversación es ociosa y tontísima. No viene al caso que la llevemos adelante.

Sentí una revolución en mi ser. No me reprimo en aquel instante si me ofrecen la gloria. Estábamos solos en la casa, porque los criados hallábanse recluidos en la cocina, al extremo del largo pasillo. Comprendí que rara vez vería a mi tití tan fuera de su reserva acostumbrada; o, mejor dicho, no reflexioné sobre el caso, sino que me dejé llevar del instinto, el más seguro consejero en guerra y en amor, y ataqué a la pobrecilla con este inesperado ardid:

—Pues ya que te empeñas... pecadora serás. Si es pecado lo que se hace contra toda voluntad, lo que nos impone una fuerza superior a nosotros mismos... entonces, pecadora eres, a pesar de tus buenos propósitos.

Alzó la cabeza y me miró con inquietud y ansiedad.

—¿Que te repugna tu esposo? —osadamente—. ¿Que no le puedes sufrir? Pues más mérito si le sufres. ¿Que mi compañía te presta... alguna distracción... o algún consuelo? Pues más mérito... más mérito si huyes de mí, y no me permites que me acerque, y ahora mismo te desvías y te arrinconas en el diván para no tocarme ni al pelo de la ropa. ¡Santa, santiña! También para ti hay tentación y corona... No todos los cilicios son de cerdas, ni es el pan duro y las hierbas sin sal la comida que peor sabe... ¿Verdad, Carmiña? ¿Verdad? Di que sí.

Articulé estas últimas palabras en voz baja, y con ese tono pasional, que ni se finge, ni se oye impunemente. Fascinada por el mismo terror que la causaban sus impresiones, mi tití calló, volviendo el rostro. Así permaneció un momento, que yo aproveché para asir otra vez su vestido (no me atreví a las manos) y besarlo con tal unción, que ella gritó como si la mordiese en su carne:

—¡Salustio! ¡Salustio!... De vergüenza estoy que no sé lo que me pasa... O te vas, o salgo a la ventana y grito... Te digo que te vayas... y también que no vuelvas a hablarme en tu vida de semejantes cosas... Es ridículo y bochornoso... Pero tú ¿qué te has figurado? Hasta me tiembla la voz... ¿No comprendes que es una cobardía muy grande meterse con quien no tiene defensa?... ¡Cobarde! No me importa que te parezca mal... Viéndote tan inconveniente me crezco... Ahora te digo que vas a irte por la posta.

Yo me había corrido algo en aquella extraña conversación. No podía retroceder; no había términos hábiles. Además, mi sangre, mi cabeza, mi corazón, eran cráteres furiosos. No contesté, pero mi mismo silencio me dio fuerzas para sujetarla por la ropa y cogerla con dulce violencia las manecitas, contra las cuales apoyé mis mejillas ardorosas y mis ojos, y restregué la frente sintiendo felicidad indecible, balbuciendo sílabas que pretendían, sin conseguirlo, formar palabras. Levanté después la cara y miré a Carmiña sonriendo, enajenado de ventura, sin soltar sus delgadas muñecas. Era mi mirada más elocuente que cuantas declaraciones pudiesen dirigirse a una mujer. Ella no necesitaba que yo le dijese lo que sentía; mis ojos, mi actitud, mi turbada voz sobraban para declararme. Hubo un momento en que por su rostro se esparció otra sonrisa tan luminosa como la mía; pero duró muy poco, reemplazándola una expresión de terror vivísima. Sin enfado, sin cólera, en tono suplicante, exclamó:

—Déjame, por Dios. Tengo que arreglarme y bajar a casa de Barrientos.