—No es verdad. Acaban de salir a paseo. Las he visto. Ni te toco, ni te sujeto —y al decir esto aflojé las manos—. Quiero convencerte de lo fácil que es matarle a uno de alegría. ¡Ay! permíteme que respire, porque soy capaz de ahogarme.

Me levanté y di tres o cuatro agitados paseos por el gabinete. Reía y lloraba a un tiempo. El convencimiento de la realidad tanto tiempo sospechada me aturdía, y, a poder, me hubiese alejado de allí como el niño que roba dulces y tiene prisa de huir para comérselos a solas. Carmiña, encogida en el ángulo del diván, escondía la cabeza entre las manos. Lo que para mí era revelación de ventura, constituía para ella el descubrimiento de un crimen. Ahora veía la mujer fuerte que yo no era meramente el sobrinillo cariñoso y animado, la cara simpática de la familia, sino el hombre —aquel ser que la mujer apetece como la materia apetece la forma—, el único hombre del mundo, porque los demás no tienen existencia real en la esfera del sentimiento... Ahora comprendía que su alma, al huir de los brazos conyugales, donde solo quedaba el cuerpo inerte, se iba en busca de otra alma, la mía, sin saberlo y sin permiso de la honrada voluntad. Ahora averiguaba por qué no tenía ánimos para entrar en la iglesia, por qué adelgazaba, por qué sufría, por qué le hacía daño el sonido de las teclas al recorrerlas sus dedos, por qué se sentía tan alterada y tan... así... cuando la mujer buena ha de poseer un espíritu apacible, respirar placidez y serenidad, y dejar las crispaciones y las borrascas para las conciencias culpables y los corazones manchados e infieles...

En medio de mi alteración adiviné todo esto. El respeto, la lástima, el cariño delirante me dictaron la línea de conducta más discreta. Y fue acercarme a ella y decirla:

—Carmiña, ya me voy... Salgo de casa. No quiero que tengas por mí ni un minuto de contrariedad. No te pregunto nada. Sé cuanto me importaba saber. Ahora no te acecho más. Soy para ti como un hermano... ¿lo oyes? Quita esas manos de la cara, y déjame que te vea... que ya me marcho.

Separó las manos y apareció con los ojos secos, asombrados, mortalmente pálida. Pero al verme sonreír y dirigirme hacia la puerta, su mirada fue calmándose y destellando luz.

IX

Hay coincidencias. Quien lo niegue desconoce el juego variadísimo y complicado de la vida sentimental; quien lo niegue vegeta; no vive.

Al otro día de la fecha, memorable para mí, de la que en novelesco estilo se llamaría la escena del diván, entró mi tío a la hora del almuerzo, teniendo en las manos una carta: y al desplegarla, dijo con tono del que da una rara noticia:

—¿No sabes quién está en Madrid?

Carmiña, levantando los ojos, que tenía clavados en el mantel, preguntó con la indiferencia del que espera pocas contingencias felices: