—¿Quién?
—El Padre Moreno.
¡Que si la hizo eco la nueva! Una impresión fulminante. Saltó en la silla y exclamó con voz entrecortada de júbilo:
—¿Que está... aquí? ¿Desde cuándo? ¿Y por qué no vino a vernos ya?
—Pues está hace dos días:... pero toma, entérate de la carta, y verás en qué consiste que no haya venido.
Tití se apoderó del papel con esa rapidez de movimiento que delata la emoción. Leyó para sí prontamente, interrumpiendo la lectura con frecuentes exclamaciones.
—¡Ay, Jesús! ¡Y yo que no sabía nada! ¡Pues el Padre no me había escrito ni esto! ¡Ave María Purísima! ¡Qué decidido! ¡Ay, pobre!... Cojo el velo y allá me voy. ¿Vienes, Felipe?
—Ve tú ahora —dijo el marido demostrando que no le atraía la excursión—. Yo iré por la tarde, o mañana. No estoy vestido, y tengo que contestar una carta muy larga a Castro Mera.
—¿Pero qué le sucede al Padre? —interrogué con curiosidad—. ¿Puede saberse? Sentiré que sea cosa mala.
—¡Vaya si es mala! —exclamó con su acostumbrada vehemencia mi tía—. Y que se lo estaba profetizando siempre. Me le sacan de Marruecos, un clima tan caliente, y le meten allá en Compostela a aguantar humedades y fríos. Es natural; ha cogido una enfermedad y a Andalucía en busca de mejor temperatura. Y apenas llega ya a Andalucía, ve que el mal es más grave de lo que pensó, y tiene que venirse aquí a que le hagan una operación, probablemente dolorosa. ¿Y sabes dónde se encuentra? En San Carlos. Tiene allí un amigo, el médico Sánchez del Abrojo. Hay que ir a verle sin tardanza. Su carta es alarmante; se conoce que el Padre está aprensivo. Pues él poca aprensión acostumbraba gastar... Valiente como él solo. Para que diga que va a morirse... Allá me voy sin más.