—Almuerza primero —advirtió su marido.
¡Valiente almuerzo! En el comedero de un pájaro cabría. Antes de los postres se levantó, y a poco rato volvió a presentarse vestida de mañana, con aquel sencillo trajecito negro y aquel velo de blonda que yo conocía tan bien. Entró como indecisa, apoyándose en la sombrilla de tafetán tornasol y sacudiendo los guantes, que no se había calzado aún. Miró a su marido y le hizo seña, llevándosele a un rincón para decirle algo muy reservado. Por discreción me aparté, pero no tanto que no viese el gesto indefinible que acostumbraba hacer mi tío cuando se veía obligado a gastos que no figuraban en su presupuesto. La tití no tardó, sin embargo, en deslizar en su bolsillo un billete dado por el esposo.
Por la tarde aproveché las pocas horas que tenía libres, yéndome también a San Carlos. Quiso la casualidad que al doctorcillo Saúco le tocase aquel día hacer guardia pues era uno de los seis profesores que turnan en la asistencia del hospital. Mi paisano manifestó gran alegría al verme y se empeñó en hacerme cumplidamente los honores de la casa.
—Es preciso que veas las clínicas, y los baños, y el museo, y el paraninfo, con el techo de Padró... Mira, tu fraile no está en ninguna clínica, ya lo supondrás: le hemos dado el cuarto que se reserva para los enfermos de campanillas. Es un fraile muy tratable; ya nos hemos hecho tan amigos en las pocas horas que hace que le conozco. Sube... es por aquí, al final de este pasillo, antes de la balconada... ¿Se puede entrar?... Que sí... Pasa, hombre.
Pasé, en efecto, y el fraile, al ver entrar, una visita, se incorporó trabajosamente en la butaca.
A un mismo tiempo veía yo dos figuras, y las dos eran del Padre Moreno; pero ¡cuán diferentes! La primera, la que yo había conocido en el Tejo pocos meses antes: aquel moro tostado por el sol del África, de brillantes ojos, cetrina tez, vigorosas proporciones, negro pelo, cuello robusto, voz timbrada y viril, fuertes músculos, viva complexión y ánimo resuelto. Y la segunda, la actual, un hombre amarillo como los cirios, consumido, de ojos pálidos, de mejillas hundidas, en que la descuidada barba tendía una triste pincelada azul, negruzca a trechos; de cabello que casi se había vuelto gris; de manos enflaquecidas, de labios sumidos, de encorvado dorso.
Daba dolor ver así a Aben Jusuf. Creo que si le encuentro en la calle no le conozco; tanto le había envejecido y desemblantado el mal. Él, en cambio, me reconoció a pesar de mis barbas, y con voz que intentaba ser como la de otros tiempos, me saludó:
—¡Hola!... Felices, don Salustio... ¿Conque también usted viene a ver a este pobre fraile?
—¡Vaya! —me apresuré a decir medio abrazándole—, y con mucho gusto. Ya sabe usted que se le quiere, Padre Moreno, y que tiene en mí un amigo de verdad. He sentido bastante saber que está usted malo. ¿Cómo se encuentra? ¿Qué es ello?
Con regazos de su antigua marcialidad, me contestó Aben Jusuf: