—¿Que qué tengo? Hijo, poca cosa... Una pierna que casi no sé si es de mi cuerpo o del ajeno. ¡Una pierna que tal vez sea preciso... rsss o ssrrr!
Hizo el ademán del que saja con un bisturí y del que sierra con un serrucho. Protesté estremeciéndome.
—Vamos, Padre... Valdrá más el ruido que las nueces. En diciendo que le reconocen y que le lavan la pupa con sublimada... ya está usted de alta.
—Bien, bien; eso se verá... y eso es lo que menos importa. Dios sabe lo que ha de hacer conmigo.
—¿No le decíamos todos —interrumpí regañando— allá en la Ullosa, ¿se acuerda?, que no le convenía el clima de Compostela? Aquella humedad, aquel frío... ¡Para un sarraceno!
—Mire usted, caballero Salustio... lo que más conviene es hacer lo que se debe. Créalo... ¿Me ve usted en este estado, con la pierna así y con esta cara que parece que acaban de desenterrarme? Pues no me hallo descontento, ni cosa que lo valga. En todas partes se pueden coger enfermedades... En todas. Los males vienen pronto. Paciencia. Diga —añadió haciendo un esfuerzo y señalando hacia la mesilla colocada a su lado—, ¿quiere un buen habano? No tenga reparo en aceptar, que casi puede decirse que fuma usted de lo suyo. El doctor Saúco ya tuvo la amabilidad de aceptar uno, y lo alabó.
Volví la cabeza y vi el cajón abierto, con falta de dos puros no más, con sus ataduritas de los colores nacionales, y comprendí para qué objeto le había pedido cuartos Carmiña a su esposo.
—Padre Moreno —respondí— ni fumo ni le puedo dar cigarros, porque soy un estudiantillo que no se permite esos lujos; pero algo haré por usted. Vendré aquí a menudo; y si necesita que le velen o que le acompañen, a todo me ofrezco.
—Mil gracias. Aquí me atienden perfectamente. Ningún enfermo con familia se puede alabar de mejor asistencia. Solo el doctor Saúco, que me abandona... Me mata de sed.
—¿No quiere usted admitir favores míos? —exclamé un tanto molestado por el tono en que se expresaba el fraile.