—Al contrario. Los quiero admitir, sí. Y tanto los quiero admitir... que he de pedirle uno muy gordo.
—¿De qué se trata?
—Ya hablaremos, ya hablaremos —respondió él mordiendo la punta del puro y disponiéndose a prenderle fuego.
Saúco, entendiendo a media palabra, se acercó al fraile, y señalando un frasquito:
—Ahí queda la poción... No se olvide usted de tomarla a cada cuarto de hora...
Nos dejó libres, y entonces el fraile se preparó a hablar, echando una lenta y golosa chupada.
—Y ese favor que quiere pedirme... sepamos... ¿está en mi mano hacerlo?
—Claro que sí. De otro modo no se lo pediría.
—Sepamos con qué se come el favor.
—Pues allá va. Mi enfermedad no es en la lengua. Hablo más claro que nunca. Lo diré en dos palabras. Con cualquier pretexto... queda a cargo de usted el inventarlo, y sin dilación ninguna... yo le ruego... que se marche de casa de su tío, a una posada.