Me quedé mudo, sin saber qué cara poner.

—Se lo suplico a usted, caballero —insistió el fraile—. Ya ve usted cómo tienen sus achaques al Padre Moreno, para que llegue a suplicar estas cosas. Que si estuviese en mi estado normal, pudiendo andar con mis piernas y servirme de mis brazos... no le pediría a usted... ¡Caramelo! ¡Qué había de pedir!

Incorporose en la silla, olvidado de su padecimiento, transfigurado, echando chispas. Desde que había empezado el corto diálogo, se animaba gradualmente; sus pómulos de cera dejaban transparentar la infusión de la sangre, y me pareció verle restaurado a su prístino ser, arrogante, intrépido, como en sus tiempos mejores.

—Padre... —murmuré—. Poco a poco... Eso no es tan fácil como usted cree; y me parece que, cuando menos, tengo el derecho de preguntar: ¿por qué se me pide que dé ese paso?

—Yo tengo el derecho de no contestarle —respondió el Padre—; pero no quiero hacer uso de él, y respondo sin ambajes, categóricamente, con arreglo a mi genio y a mi tipo. Deseo que salga usted de casa de D. Felipe, porque no debió de entrar en ella nunca; porque si está aquí el hijo de mi padre no se comete semejante pifia; porque a su tío le cegó el buen deseo... o la idea ruin de ahorrar unos ochavos... cuando discurrió la incongruencia de que usted viviese a mesa y mantel con un matrimonio joven... o nuevo, o como se le antoje llamarle; y porque en todo este arreglo de vida familiar, ha habido poca prudencia y tacto y ninguna sal en la mollera, y es tiempo de poner coto a semejantes chapucerías.

Dijo esto el Padre con tono cada vez más coercitivo; pero de repente le vi palidecer, llevarse la mano al muslo y derrumbarse en el sillón, exhalando un gemido sordo.

—¡Ay... ay... Moreno, Moreno! —pronunció hablando consigo mismo—: Moreno, ¡qué echadito estás a perder! Hijo, eres una pura plasta... Salustio, ¿quiere usted pasarme este vaso de agua o de porquería, que está ahí? ¿La cucharita? Apuremos esta pócima.

Hice lo que me pedía; tomó el remedio, y recostó la cabeza sobre el almohadillado del respaldo. Así que dio señales de reanimarse, anudé la desatada conversación:

—Padre... usted comprende que yo no puedo salir ahora de casa de mis tíos. Llamaría la atención. Los exámenes se acercan; estamos a las puertas de junio...

El Padre me miró con leve expresión burlona.