—No entre usted a examen. Se lo aconseja Silvestre Moreno. Lo que es este año... perdigón, como dicen ustedes.
No dejó de amoscarme aquella ironía y aquel afán de meterme en lo que, a mi entender, ni le venía al fraile moro.
—Hablemos con calma, Padre —dije resueltamente—. Usted, con ese ruego o, mejor dicho, esa orden de despejar el terreno que me está dando, parece suponer cosas que... vamos... que pueden redundar en ofensa de Carmen.
—De la señora de su tío de usted.
—Bien, de la señora de mi tío... Como usted guste. Hablemos sin circunloquios ni reservas mentales. A mí no me duelen prendas. Hace un año próximamente que nos hemos conocido... ¿verdad? y aquel mismo día conocí yo también a la señorita de Aldao. A un tiempo supimos usted y yo que ella se casaba sin amor y hasta con repugnancia verdadera; y al saberlo... usted, Padre, aprobó... y yo desaprobé y protesté, y lo dije. ¿Se acuerda de nuestra conversación, la tarde de la boda en el soto del Tejo, cuando usted rezaba sus horas tan pacífico y yo casi lloraba? ¿Sí o no? ¿Se acuerda?
—Sí, señor... me acuerdo... —contestó el fraile—. ¿Y a qué viene recordármelo?
—¿A qué? Yo aseguraba que aún había medio de deshacer la boda; profetizaba que era un desatino, pero gordo... y usted me mandó a paseo... y me dijo que tenía una jumera. ¿Es verdad, o es mentira?
—Como el Evangelio. Y la tenía usted; solo que por lo patético y lo fino.
—Bueno: el asunto es que usted no hizo maldito caso de mis presentimientos. Ha pasado un año, y en él ha perdido usted de vista a Carmiña. Vuelve a encontrarla... y como se lo pronostiqué: desgraciada, triste, enferma de repulsión... ¡y ahora el Padre no querrá confesar que me sobraba razón por cima de los pelos!
—Lo que oigo —gritó el fraile ya montado en cólera— me da ganas de enviar al rábano la pata mala, y levantarme y hacer con usted una atrocidad. Todo es puro desatino y absurdos sin ningún fundamento: perdone usted si me expreso tan rotundamente... ¿Carmen desgraciada? ¿Y por qué? Va usted a descifrarme el enigma. ¿En qué la falta su esposo? ¿Qué motivos razonables de disgusto la da? ¿No la quiere, no la acompaña? ¿No la trata bien, según su carácter, que cada cual tenemos el nuestro? ¿Qué plato le ha tirado a la cabeza? ¡Me indignan —y repito que pido a usted excusas si la forma es ruda y poco parlamentaria— las alharacas con que usted me viene!