—Y a mí me indigna su modo de sentir y de pensar de usted, Padre —repliqué no menos airado que el moro—. ¿De modo que en no tirando platos ni solfeando con una tranca, ni trayéndose a casa una pindonga, ya no tiene derecho a quejarse una mujer como Carmen Aldao? ¿Lo cree usted de buena fe? ¿Se atrevería a jurar que no es indispensable en el matrimonio la paridad y la simpatía de las almas, el cariño mutuo, todo lo que allí falta y faltará siempre? ¿Piensa usted que una mujer elevada, sincera, efusiva, amante, puede resignarse a vivir con un hombre sórdido, bajo, inmoral e intrigante, esclavo de la materia? ¿Es así? Según el criterio de usted, en extendiendo los dedos y refunfuñando cuatro palabras en latín, las incompatibilidades más profundas desaparecen, y los espíritus se asimilan y se funden por ensalmo. Una bendición... y acabose todo. ¿Ya no hay más?

—Y para usted —replicó el Padre, dominándose y articulando con voz sonora y profunda— el matrimonio es asunto de mero deleite; en no gustándole el cónyuge a la cónyuge, y viceversa... lazo roto. Dios ha de crear para nuestro uso propio y exclusivo un ser exento de faltas, enteramente conforme al patrón que se traza nuestra fantasía; y si resulta que no es aquello, ¡zas! allá van el sacramento y los deberes al traste. El sensualismo...

Esta palabra cruda y teológica me hirió en el alma, y salté protestando.

—Padre, ustedes los sacerdotes que ejercen en el confesonario, y se han abstenido del trato con mujeres, no distinguen de colores, no ven más que un aspecto de las cosas, y a veces calumnian los sentimientos más nobles y más limpios. Calumnia involuntaria, pero calumnia al fin, y calumnia que irrita a los que nos sentimos inocentes. Usted, al parecer, me atribuye la suposición de que mi tía no es feliz con su marido porque este no la agrada así... materialmente, en sus condiciones físicas. Lo cual es una enormidad, y ¡no se lo perdono a usted!

—¡Naranjas y piñones! —exclamó el fraile ya fuera de sí—. ¿Conque no hay sensualidad del espíritu ni extravíos de la imaginación? Y, además, a mí no me venga usted con flores retóricas. Yo no comulgo con ruedas de molino. Detrás de esos descontentos que usted supone, habría —si no fuesen inventados por usted— lo que hay en el fondo de todas las cosas de la misma índole: el fuego de la concupiscencia y el aguijón del diablo. Por fortuna nada de eso existe más que en la fantasía de usted. Carmen es feliz con su esposo, todo lo feliz que se puede ser por acá, en este valle de... rabietas: su conciencia y su honor están intactos, y si yo quiero que usted se salga de la casa, no es porque vea en su presencia peligro, sino porque puede verlo el mundo, y la fama con un soplo se enturbia. Usted, que me recordaba hace poco nuestra conversación en el soto del Tejo, ¿se acuerda también de lo que tratamos en la Ullosa? Me parece que le dije que no le tendría por hombre honrado si se acercaba de una manera sospechosa a la mujer de su tío.

¿Por qué me escocieron tanto estas palabras del fraile? ¿Es que veía surgir formidable obstáculo, no al logro de mis deseos, pues no los fijaba en cosa concreta, sino a mi reciente y deliciosa plenitud de felicidad ideal? No lo sé. Solo afirmo que sus palabras me encresparon, y que en un arranque de independencia y rebeldía, determinado a echarlo todo a rodar, exclamé:

—Pues, Padre, tengo el sentimiento de decirle lo que no le he dicho hasta la fecha. Que es usted para mí una persona respetabilísima, apreciable como pocas, simpática, digna; que estoy convencido de ello y que lo repetiré en todas partes; pero de ahí a que le tome por doctor infalible en cuestiones de moral, va tanto como de aquí a Montevideo. Yo puedo ser honrado a carta cabal, aunque no se lo parezca, y si, porque me interesa una mujer que es infeliz —infeliz, infeliz, aunque usted lo niegue—, pierdo para usted el prestigio de hombre honrado, juro que me importa un bledo. Vamos a llevar la cuestión al terreno más arduo para que vea que soy franco y que no me duelen prendas más que a usted. Suponga que, efectivamente, estoy enamorado de mi tía Carmen. Pues esto será una desgracia para mí, y acaso un peligro para ella (ya ve que concedo bastante); pero lo que es a mi honradez... ni le quita ni le pone.

Hice de propósito, una pausa, a fin de que la frase siguiente cayese como una piedra sobre el cráneo de Aben Jusuf.

—¡Ni a la de ella tampoco!

¿Quién pintará la metamorfosis que al oír esta última herejía se obró en el semblante del fraile sarraceno? Sus ojos vibraron llamas y fuego, rodando en las órbitas, con todo el brío de sus tiempos mejores; las facciones, ya tan acentuadas de suyo se movieron como si las levantase un cataclismo interior, dibujándose en ellas arrugas profundas y fuertes, rígidas, casi metálicas; en el primer momento, no pudiendo hablar, aspiró desesperadamente el aire, según debe de hacer el que se asfixia. Pero aquella violenta impresión no se derramó en palabras, porque el hombre segundo, el que la religión de Cristo había injertado en el bravío tronco de aquella alma de africano, se sobrepuso y venció; y recobrando, mediante un esfuerzo inaudito, la serenidad... respondiome en voz algo bronca: