—Pues... señor mío... si está usted tan conforme consigo mismo y no ve en su comportamiento nada digno de censura, no tenemos más que hablar. Usted cree que introducirse en las casas, bajo la protección y el amparo de los parientes próximos, a fin de atentar en una forma o en otra a su honor y combinar pian pianino el adulterio y el incesto, no son acciones reprobables ni hay en ellas nada que desdiga de los principios de un caballero cumplido. Yo pienso de diferente manera; pero como usted, por otra parte no tiene principios religiosos, mi voz carece de autoridad sobre usted, y cuanto le diga le suena a mojiganga. Cese, pues, toda conversación ociosa, y desde hoy cese usted también de ver y de tratar al Padre Moreno. Porque yo, en cumplimiento de mi obligación, no podría menos de dirigir a usted alguna advertencia que de fijo se le haría impertinente... y no tenemos tampoco la flema en el bolsillo. Deje a este pobre enfermo, y siga su rumbo. Pero tenga entendido lo que voy a añadir: aquí no habrá lucha; porque Carmen, aunque no es santa ni virgen, como usted dice sacrílegamente, es mujer de bien y sabe a lo que está obligada; y si lucha hubiese... entre usted, joven y lleno de recursos y de atractivos, y Silvestre Moreno, envejecido ya, y probablemente enfermo de lo que ha de llevarle al hoyo... Moreno sería el vencedor. No le digo más.
Yo escuchaba paseando por la habitación de arriba abajo y con las manos metidas en los bolsillos, sintiendo en mi interior, en el estómago y en las entrañas, esa trepidación ardiente que notamos en circunstancias críticas. Mi batalla era secreta, y no por eso menos empeñada y furiosa. Luchaba con mi orgullo, con mi pasión, con mi carne toda, para no volverme y decir al fraile... lo que le dije por fin, en irresistible impulso de mi conciencia y de mi alma.
—Padre... respecto a luchas y victorias, hablaremos; pero tocante a lo otro... para que vea usted... ¡tiene usted razón! Razón que le sobra. No es delicado vivir en esa casa... lo comprendo, lo reconozco: mi misma posición es humillante, particularmente desde hace algún tiempo... y saldré de ella, palabra de honor, pronto, pronto... lo más pronto posible. No dude que saldré... y adiós, Padre.
Mostré querer marcharme sin tenderle las manos, y él me llamó con cordialidad súbita.
—Venga acá, venga acá... Usted en religión pensará como quiera, pero conserva un fondo de sentimientos delicados que me agrada. Y vamos a ver, ¿qué mal le ha hecho a usted Carmen para que dude de que yo sería el vencedor en la lucha, si tal lucha existiese?
—Padre, de eso no quería tratar; conste que es usted quien me pincha. Supongamos que hay lucha... si no... ¿a qué viene esta discusión? Hay lucha... pues usted vencerá... ¡estoy cierto de que sí! en lo exterior, en el terreno positivo... ¿me explico? ¿me entiende?
—¡Demasiado! —contestó gravemente el fraile.
—Y lo mejor de todo... es que yo, en ese particular, no deseo —tan cierto como que quiero a mi madre— que salga usted derrotado.
—Adelante —articuló Aben Jusuf ceñudo y pensativo.
—Mi victoria es de otro género... ¡Mi reino no es de este mundo! —pronuncié con ligera ironía, que el Padre debió de encontrar pesada—. Hay una esfera en la cual siempre saldré triunfante... y esa me basta... ¡Y usted ahí sí que no llega! Ese es el imperio de la libertad. ¡En el quinto piso del alma, Padrecito... ni usted... ni nadie!...