El moro callaba. Alzó sus ojos al techo de la enfermería, y las movibles facciones de su rostro adquirieron una expresión, casi desconocida para mí, de exaltado misticismo. Sonrió luminosamente, y me dijo con mezcla de unción y desdén:
—En todos los pisos entra Jesucristo cuando se le antoja.
Al salir pregunté al doctorcillo Saúco qué padecía el fraile. Mi paisano movió la cabeza.
—¿Qué ha de tener? Era un hombre como una loma... Tenía cuerda para cien años; pero hizo una vida impropia de naturalezas tan robustas. Máquinas de esa potencia, están mejor andando que paradas. Él, si no se ha parado del todo, ha clavado, cuando menos, ruedas muy importantes... y ahí tienes las resultas. Lo que padece es serio. Regularmente se impondrá la operación.
X
Mi posición en casa de mis tíos fue desde aquel día extremadamente embarazosa. No veía el modo de salir de allí, y lo deseaba muy de veras, porque además de la actitud de mi tío, se me había grabado en lo más vivo la afirmación del moro: que era depresivo sostenerse a expensas del marido de Carmen. Se me hacía totalmente insufrible la estéril y dolorosa convivencia, que me obligaba a adivinar y casi a presenciar las intimidades conyugales y atentaba al carácter romántico de mi amor.
¿De qué me servía vivir bajo el mismo techo? Desde la entrevista con el fraile se había producido un cambio en la tití. Me dirigía las palabras indispensables, y se desviaba de mí como si yo estuviese apestado. No me desesperaba del todo, porque comprendía la causa, y adivinaba la batalla secreta de aquel espíritu superior; no obstante mi situación implicaba tal tirantez, tantos rozamientos penosos, tamaña dosis de pachorra en momentos dados, que no había resistencia que alcanzase, ni yo podía responder de que a lo mejor no saltase el resorte.
Por ahora, la victoria del fraile era puramente material. De la moral podía gloriarme yo. ¡Y dijese lo que dijese el moro... cuán débiles mis armas y pertrechos! El Padre, apoyándose en creencias y principios arraigados en el alma de aquella mujer; teniendo por cómplices a la ley y a la sociedad; con el cielo en una mano y el infierno en la otra, para premiar la virtud o castigar el delito... y yo, sin más que el sentimiento; yo, que representaba para Carmen la infracción del deber, la mancha del honor, el atropello de las convicciones, la vergüenza, el crimen y la pérdida del alma. No militaba en mi favor sino la fuerza que en los minerales se conoce por afinidad, y por amor en los seres orgánico-racionales: fuerza que en todos existe latente y solo aguarda favorable ocasión para revelar su poder. Y así, inerme, o, mejor dicho, armado únicamente con las armas naturales, sabía que en mí recaería el triunfo; que todos los dictados de la razón, todos los preceptos y mandamientos de la religión, todos los sermones del Padre, no bastarían para que aquella mujer no aborreciese a su marido y me quisiese a mí muy de adentro... ¡Este era el lauro!
Lauro noblemente ganado si yo salía, cuanto antes, de casa de mi tío.
Irme pronto... ¿De qué manera? Ese problemita sí que no se resuelve fácilmente en mis circunstancias. Había que decirle a D. Felipe: «Me voy.» A mi madre: «Dispóngase a pagar un dineral de posada, o lo que para sus medios equivale a un dineral.» Y al mundo, al microscosmos de nuestro círculo: «Salgo de aquí. Piensen lo que gusten, yo salgo. Bien comprenderán que hay gato encerrado cuando me voy quince o veinte días antes de los exámenes.»