Determinado a romper por todo antes que dejarme estar, fui, no obstante, dando largas. No me atrevía a volver a San Carlos mientras no pusiese por obra mi resolución. Mi tía, en cambio, visitaba al Padre diariamente, y por ella y por el doctorcillo Saúco sabía yo noticias del estado del enfermo, que, a decir verdad, era lastimoso. Habían hecho con el pobre Aben Jusuf verdaderas diabluras: suponiendo que tenía la enfermedad en el hueso de la pierna, le cloroformizaron dos veces para abrirle calicatas en la tibia por medio de barrenos y berbiquíes.

—Nada —exclamaba el doctorcillo—, que con toda su ciencia (digámoslo muy bajo), Sánchez del Abrojo y el marqués de la Salud le yerran la cura. Han trabajado en él como los carpinteros en la madera. Te digo que me le han destrozado al infeliz; él creyó dos o tres veces que era la de vámonos, y pidió los sacramentos y se dispuso en regla... Es mozo terne y bragado. No tenía miedo ninguno, por más que confesaba que no le hacía pizca de chiste el morir. ¡Qué lástima de hombre! Pues que aquí te corto, y allí te sajo, y acullá te pincho...; y luego salimos con que no había tal caries del hueso, sino una inflamación del periostio...

—A mí háblame en castellano claro. Nada de palabrotas.

—Chico, periostio es la membrana que rodea...

—Bueno: ¿qué se deduce de esa membrana? ¿Que el fraile escapa o se las lía?

—No sabemos. Muy comprometido se encuentra, y mucho tiempo andará con muletas, si llega a contarlo. Siempre le quedará un portillo. Lo que te juro es que yo no he visto hombre de más amistades ni que inspire mayores simpatías. Todos le queremos bien, lo mismo internos que profesores; lo mismo las hermanas que los mozos del anfiteatro. Nos tiene seducidos por lo campechano y lo animoso. Diariamente vienen a visitarle muchas señoras. Nos da lástima. Es un tío que ha cumplido bien con las obligaciones de su profesión, haciendo una vida y llevando un régimen muy contrarios a su temperamento... Lo que sucede es lógico; no debe quejarse; así es que no se queja; dice y repite que está conforme con cuanto disponga Dios. Lo repito; mimado de señoras, como nadie. Una de las más asiduas es tu tía.

Ocurrióseme, al decir esto el doctorcillo, que para hablar un momento a solas con la Carmen, lo mejor era esperarla a la entrada o a la salida del hospital. Así lo hice. Al verla bajarse del tranvía de Atocha, acerqueme a ella con rapidez. Sorprendiose, y al través del velo de blonda pude notar el vivo rubor que se extendió por su rostro.

—Hola... ¿Tú por aquí, Salustio? —preguntó disimulando—. ¿Vienes a ver al Padre? Sube, que entraremos juntos.

—No vengo a ver al Padre, sino a ti —contesté resueltamente—. Como en casa te me escurres de entre los dedos, tengo que arreglármelas para encontrarte en otros sitios. ¿Quieres hacerme el favor de apartarte de la puerta y oírme? Cuestión de un minuto.

Dudó, y por fin se avino a aproximarse a la esquina de la calle del Fúcar.