—Quiero decirte —pronuncié tratando de hablar con aplomo y no sabiendo reprimir la agitación— que me voy de tu casa. Me voy sin aguardar a que pasen los exámenes. Pretexto, yo lo buscaré; pierde cuidado. Pero no quiero estar más allí.

—Tú... Pues haces bien... Ya me lo esperaba.

—¿Hago bien, verdad?

—Sí... Yo creo que sí.

—Eso quería saber... Nada más. Ahora... vuélvete a San Carlos. Si pasa alguno y nos ve aquí... Vuélvete. No: antes escucha otra palabrita. Me voy de tu casa, pero no me aparto de ti. Contigo estoy siempre, a todas horas. ¿Me has entendido?

Por detrás del enrejado de blonda la vi parpadear, demudarse, querer contestar algo y no poder... Me parecía que el golpear de su corazón hería a intervalos la estirada seda de su corpiño, y que en sus labios palpitaba una frase pretendiendo salir... Mas, en vez de hablar, alargome la mano, que cogí y deshice entre las mías. ¡Ay, Dios! no sabía soltarla... La evidencia de ser querido era para mí tan contundente y tan deliciosa, que me sentía del todo enajenado, en esa situación psíquica en que somos capaces de un desatino, y conociendo bien que es desatino, conocemos igualmente que no podríamos dejar de cometerlo. Estábamos los dos así, aturdidos, ella sin desprender su mano, yo sin aflojarla... Pasó un chiquillo silbando y arrastrando un carrito de madera; el estrépito del tranvía hizo retemblar el suelo... y nos encontramos desasidos, ella caminando hacia el hospital, yo inmóvil en la misma esquina.

Aquel día, al regresar a casa, planteé la cuestión de cambio de alojamiento. El pretexto se me había ocurrido al quedarme plantado en la bocacalle como un guarda cantón. Aseguré a mi tío que para salir airoso de los exámenes, necesitaba repasar con mis condiscípulos. Él me miró, calando con sus duras pupilas hasta el hondo de mi pensamiento.

—Tu verás lo que haces —respondiome—. No te digo ni sí ni no. Las fondas cuestan. No sé cómo lo tomará tu madre.

Y al mismo tiempo su expresión, más repulsiva cada vez, parecía añadir: «Vete enhorabuena. Tu presencia es enfadosa. Hice mal en traerte conmigo. Cuanto menos bultos, más claridad.»

Fuera de allí, pues, escribí a mi madre que me convenía repasar... etcétera... y me instalé en casa de doña Jesusa. La compañía de Portal me hizo bien, y por vez primera, después de bastantes meses, pensé en una cosa muy sencilla, muy insignificante, muy tonta... ¡En que sería conveniente aprobar el curso!