¡Realidad brutal y opresora! Cuando más queremos construir libremente el edificio de la vida soñada, acudes y nos pegas un empellón, recordándonos que hay en nuestro existir parte de mecanismo, de engranaje fatal, del que solo nos evadimos por medio de la poesía, la locura, el amor o la muerte. ¡Insufrible serie de ruedecitas dentadas, que van mordiéndose y comunicándose el movimiento esclavizador de nuestra fantasía y de nuestra sangre impetuosa, las cuales reclaman imprevistos, aventura, romance, drama!
Todo lo anterior significa que yo no estaba demasiado dispuesto a sufrir el examen. ¡Ay de mí! La atmósfera, cálida ya, de aquellos días de junio olía terriblemente a calabazas. Estábamos los de la Escuela que no nos llegaba la camisa al cuerpo; y sobre todo los que, como yo, se habían permitido divagaciones y extraordinarios, lujo vedado al alumno de ingenieros. Recordaba con horripilación que tenía en mi hoja faltas de asistencia no justificadas, con otras de puntualidad, que si no llegaban al corto número reglamentario, suficiente para fundar la pérdida del curso, eran bastantes para calificarme de alumno descuidado y despertar en el tribunal una prevención que había de traducirse por mayor rigor en las preguntas. Así como el acróbata que ha descansado mucho tiempo conoce la falta de flexibilidad en sus articulaciones y teme desgraciarse en la primer plancha, yo, oxidado por mi larga residencia en el país imaginario, me estremecía pensando en el instante crítico del llamamiento.
Con ardor de última hora me enfrasqué en los libros. Ciertas asignaturas no me entraban, no tanto por su dificultad, sino porque antes de meterles el diente había que sacudir la capa del polvo gris del aburrimiento y del fastidio. No se necesita gran esfuerzo intelectual para comprender pasajes como el siguiente, del Tratado de las construcciones en el mar: «Poëy llama la atención sobre una nube de forma especial (globo cirro y globo cúmulo), figurando bolsas o vejigas, indicio seguro de tempestad inminente, que los meteorologistas ingleses denominan Pocky cloud o nube pustulada...» Tampoco se requiere ser ningún Newton para hacerse cargo de que «los fracto cúmulos son las nubes más bajas, según Poëy, irregulares y desgarradas en sus bordes, que, moviéndose con gran velocidad, atraviesan rápidamente la región cenital; en lo cual difieren de los cúmulos, que parecen estar inmóviles en el horizonte, por más que, según algunos, esta inmovilidad sea solo aparente». ¡Pero apréndase usted el relato de memoria sin omitir sílaba y poniendo mucho cuidado en no trabucar los fracto cúmulos y los cúmulos! ¡Atráquese usted en dos o tres semanas de puertos y señales marítimas, de caminos de hierro, de economía política, de derecho administrativo, de legislación de obras públicas, cuando en el espíritu no hay sino conflagración y tormenta, y en la cabeza las vegetaciones azules y doradas del jardín de la fantasía!
¿Recuerdan ustedes aquella especie de símbolo con que yo solía expresar mi estado moral y psicológico, suponiendo que mi cerebro era un campo de batalla donde lidiaban incesantemente las rectas y las curvas, encarnando las rectas la vida real, el buen sentido y los severos estudios, y las curvas la imaginación y la pasión? Pues en el último período de mis trabajos, cuando convenía apretar las clavijas y echarme en brazos de las rectas, las curvas habían vencido, y un imposible, una novela, un extravío, un fantasma me sacaban de quicio, entregándome al desorden y a la irregularidad, y retrasando una vez más el término de mi carrera —la emancipación.
Quise recobrar en breve plazo el tiempo malamente perdido. El salir mis tíos a su excursión veraniega me devolvió un poco de serenidad para consagrarme a los libros. En ellos me sepulté, pasándome las noches en claro a fuerza de tazas de ese brebaje que conocemos por café de exámenes, y que hacemos echando un puñado de café a hervir en un puchero hasta que suelta todo el jugo, y bebiéndonos después a pasto la amarga infusión. Fue aquello una desesperada gimnasia mental, una carrera loca para recuperar lo que no se asimila en días, ni en meses. A veces sentía vértigos; parecíame que mi masa encefálica se volvía caldo y mi sangre se carbonizaba, por falta de sueño, de paseo y de reposo. Me acostaba cuando ya cantaban los pajaritos; dormía cuatro horas escasas; y el cuerpo no me pedía alimento; en ciertos momentos del día tuve hasta fiebre.
Como suele suceder en casos tales, hociqué precisamente en lo más fácil: en el condenado derecho administrativo. Respondí con lucimiento a dos preguntas, y al formularme la tercera, que carecía completamente de importancia, advertí como un agujero en mi cabeza, un espacio vacío donde no se dibujaba ni la nebulosa de una idea referente a aquella parte del interrogatorio. Lo dije con absoluta sinceridad:
—No me acuerdo.
Y al regresar a casa, con el suspenso sobre el espíritu, ¡empieza a delinearse sobre el fondo de la memoria la necesaria respuesta...! Como placa fonográfica que en momentos dados repite los sonidos un tiempo depositados en ella, mi memoria devolvía automáticamente —cuando no se necesitaba ya— la definición y las palabras mismas del libro... De tal modo me irritó aquella inútil y tardía facultad, que me di un puñetazo en la frente. Si pudiese emprenderla a cachetes con la memoria... la emprendo, de fijo.
XI
¡Qué a pechos lo tomó mi madre! El tropiezo momentos antes de llegar a la meta la desatinó. Sus cartas tenían que leer. Díjome claramente que me creía entregado a vicios o dominado por alguna bribonaza, la cual bribonaza me apartaba del estudio.