—Tu madre es muy lógica y razonable en eso —afirmaba Portal—. ¡Cómo ha de concebir que por patoso y desaborío hayas perdido el año! La verdad es que nadie se lo figura. Si Belén fuese la culpable... hombre, entonces...

El resultado de las sospechas de mi madre fue llamarme a Galicia. Quería verme por sus ojos, regañarme con su propia boca, enterarse de cómo me había dejado la enfermedad, averiguar a ciencia cierta el nombre y las truhanerías de la supuesta pirindonga, embaucadora y sonsacadora de inocentes alumnos... Mamá, desde la Ullosa, pretendía saber al dedillo todos los riesgos, emboscadas y escollos en que puede estrellarse un joven de mi edad, perdido en la vorágine cortesana. Desde este punto de vista, sus cartas eran a veces un tesoro de advertencias cómicas.

Su primer pregunta, al llegar yo a la Ullosa, fue algo parecido a esto: «¿En qué mano caíste? Vamos, sé franco con tu madre. No me ocultes nada. ¿Estás malo? Yo haré que te vea el médico de Cebre, que es una gran cosa. ¿Y tus tíos? ¿Por fin te dieron la patada, verdad? ¿Te fuiste de allí porque no podías resistirlos? ¿Tu tía es una empalagosa? Ya me lo sospechaba yo.» Todo se lo sospechaba la buena de mamá, menos lo único cierto...; y de fijo que si alguien se lo indica, ella responde con indignación: «Mi hijo no es capaz de andar en líos con señoras casadas. Tiene más decencia y mejores principios que todo eso. ¿Lo oye usted?»

Desde que descansé en la Ullosa, mi mayor deseo —¿quién no lo adivina?— fue ver a la tití. ¿Dónde se encontraba? De fijo en el Tejo o en Pontevedra... No necesité mucho tiempo para averiguarlo: mi madre, con su pandilla de espías y noticieros, se mostraba siempre muy enterada de la vida exterior de aquel matrimonio. Justamente revelaba entonces mamá gran alegría y satisfacción por una particularidad que la lisonjeaba mucho: Carmen Aldao no estaba encinta...

—Puede que no tengan hijos —me decía sin disimular el júbilo.

Y yo, con tono y acento muy distintos, impulsado por otras esperanzas, bien diferentes de las de mi madre, contestaba sordamente:

—¡Puede que no los tengan!

Pocos días después, mi madre se manifestó alborotada y preocupada por noticias frescas, también referentes al matrimonio. Con aire misterioso vino cierta mañana a despertarme, trayendo en la mano una carta de Pontevedra.

—¿No sabes lo que escribe Josefina Montero? —preguntó en tono enfático, que no se explicaba por la importancia de la nueva—. Tus tíos se han ido a los baños de la Toja.

—¿Está enferma Carmen? —pregunté con ansiedad.