—No, es él... Tiene un golpe de erisipela feroz.
Todavía añadió mamá otro parrafito chismográfico.
—En Pontevedra no hay más conversación sino de Candidiña, la mujer del señor de Aldao, y lo que va a suceder entre ella y su hijastra. ¿No sabes? El viejo, después que se casó de tapadillo y negó la boda a puño cerrado los primeros meses, de repente se desvergonzó y... me sale de bracete con la chiquilla. Es una irrisión verlos por las calles, ella tan maja y tan sobresaliente y él arrastrando los pies. El bajón que ha dado en poco tiempo D. Román no te lo quiero decir. Un espectro. Ella parece que le hizo tragar que ya tuvo un mal parto; y el viejo está que se le cae la baba pura. Te digo que ahí se prepara un sainete. Algunos cuentan si Castro Mera los visita o no los visita... Habladurías; pero bien empleadas le están al vejete. Últimamente ella encargó a París un sombrero. ¿Qué tal? ¡Candidiña con sombrero de París!
Manifesté mi indignación contra semejante abuso, y pocos días más adelante supe, por la acostumbrada estafeta que comunicaba los acontecimientos a mamá, cómo muy en breve regresarían a Pontevedra mi tío y su mujer.
—Dicen que Felipe viene bastante mejorado. Lo dudo.
Y preguntando yo por qué dudaba de la mejoría, respondiome moviendo la cabeza:
—Al tiempo, en fin, ahora vienen a Pontevedra porque quieren armar unas fiestas muy lucidas, más lucidas que las del año anterior; tu tío y Castro Mera son los que revuelven el cotarro... Dicen que no se habrán visto otras iguales. Intrigas de ellos; yo te enteraré, para que no te chupes el dedo como los bobos. Dochán... ¿no conoces tú a Dochán? pues es un tuno muy largo, aún más largo que tu tío, al menos para estas intriguillas de por aquí; en Madrid no sé; hablo de esta tierra. Así que Dochán vio que tu tío se casaba, tomaba el tole y dejaba el campo libre, discurrió que él podía hacerse dueño de la provincia agarrándose a los faldones de Sotopeña. Procuró metimiento con Lupercio Pimentel, le llevó la corriente, supo adularle en dos o tres cuestiones... En fin, él se las arregló de manera que Sotopeña diese de codo a tu tío y empezase a servirse para todo de Dochán. Por poco le revientan lo de la casa de Correos; solo que Castro Mera paró el golpe. Pero minaron el terreno en cuanto se refiere a la Diputación: echaron abajo al Presidente, que era suyo, y plantaron a otro: dos cuartos de lo mismo en las Comisiones; en fin, no hay hechura de tu tío que no dance. Ahora, solo para darle un bofetón —como que desde que se casó don Román, tu tío anda en pugna con el cuñado— le regalaron a este la plaza que pretendía en el hospital. Felipe está que brama; y no sabiendo qué hacer para desprestigiar al Santo, dicen que mandó poner en El Teucrense unos artículos terribles descubriendo mil picardías... Además, Castro Mera, que es listo como una pólvora, tanto revolvió y tanto hizo, que consiguió que no le brindasen a Lupercio Pimentel la presidencia del Certamen literario... ¿se dice así? eso, el Certamen. A pretexto de que nos hacía falta un literato muy famoso, les metió en la cabeza convidar a uno que se llama... ¿me acordaré? Sí... don Apolo Añejo...
Echeme a reír: conocía al personaje por las pullas de la crítica festiva, por la continua zumba de los estudiantes, que habían personificado en el autor famoso elegido por los pontevedreses la literatura de redoma y la poesía momificada.
—Parece —continuó mamá muy seria— que ese señor es el más nombrado en Madrid. Te cuento esto solo para que veas que llevan la pugna a todos los terrenos tu tío y Dochán. Están a matar. No se sabe quién triunfará; pero ya es una cuestión que se ha enzarzado tanto, que andan furiosos y un día se pegan. ¡Y los periódicos! El Teucrense y La Aurora no hacen sino insultarse. Si se comen... figúrate qué chiripa. Damos a la Peregrina una misa cantada.
Al saber que mis tíos estaban de vuelta en Pontevedra, entrome invencible afán de ver a Carmen otra vez y resolví ir a toda costa a las fiestas. No dejó de ser empresa bastante ardua: mamá, impresionada por mi fracaso en la carrera, lejos de decirme como otros años: «Diviértete y come, que bastante trabajas en invierno», me repetía la consigna de estudiar, de estudiar a destajo, de recobrar lo perdido. No obstante, puse tal empeño que conseguí la apetecida licencia: y mi madre se decidió a acompañarme, porque le saldría más cara mi estancia en la fonda que en su casita. Salimos, pues, hacia la capital, la Helenes de los revisteros. Inmediatamente que llegamos, pasé a ver a mis tíos; no así mamá, detenida por una cuestión de etiqueta.