—Que venga primero Carmen —dijo—, que es más joven.

Yo no me paré en tales requisitos y fui... ¿qué es ir? Corrí; creo que me llevaron las piernas solas a aquella casa. Era un piso chiquito, donde habían metido apresuradamente algunos muebles, residuos de la antigua habitación de mi tío Felipe, hoy alquilada para oficinas de Correos. Los trastos eran viejos y pocos: pero mi tití había conseguido prestarles un aspecto muy agradable de orden y limpieza. La doncella, la galleguita desasnada en Madrid, me conoció, me recibió en palmas y me dejó pasar, sin tomarse ni el trabajo de anunciarme, considerándome parte integrante de la familia.

Entré. Siempre me gustaba sorprender así a Carmiña, porque dada la vehemencia de su carácter, la era muy difícil reprimirse en los primeros momentos y no dejar asomar a la superficie el alma. Acerté de medio a medio, pues al sentir el ruido de mis pasos, al verme en la salita donde estaba haciendo labor, la impresión fue tan fuerte, que no sabía qué contestar a mi saludo: se trababa su lengua. De tal modo se sobrecogió, que yo era el que permanecía relativamente sereno, dueño de mí, a pesar de mi estudiantil inexperiencia para los casos pasionales. Cogí sus manos, que en la palma humedecía ligero y helado sudor; la arrastré hasta la ventana, y clavé los ojos en su rostro, que encontré más pálido, más desencajado que nunca. Pugnaba por que nos sentásemos como en visita, muy formales; pero no lo consentí, y la mantuve junto a los vidrios, sin saciarme de ver su cara. Estábamos tan cerca, que yo siendo más alto, podría bien fácilmente inclinarme y robarle el supremo bien, el sello de amor, el ansiado beso, favor dulcísimo que implica los restantes; pero me detuvo, más que el respeto, la piedad, el temor de cubrir de vergüenza aquellas mejillas mustias. Si la besase, de fijo quedaría una mancha roja en la faz. Sí; yo veía el beso apetecido señalado como la marca que imprimía allá en otros tiempos el hierro candente del verdugo. No; besarla nunca. Reprimiendo la tentación, estrujaba sus manos, incrustaba mis dedos en la palma trémula. Consiguió por fin llevarme hacia el sofá, y sentándose en él, me señaló la butaca, donde me hundí. Entonces con acento suplicante y opaco murmuró:

—Déjame, Salustio; anda.

Aquella voz me rasgó el pecho. La solté. Ya me encontraba tan turbado como ella y comprendía que ni uno ni otro podíamos expresarnos por medio de palabras, y el único lenguaje sería el abrazo largo y mudo. Con gran sorpresa mía, Carmen se rehizo, cobró aliento, se echó atrás y pronunció con firmeza:

—Salustio, una vez te dije que no me siguieses ni me importunases. Ha llegado el caso de repetírtelo. No vuelvas por aquí, y menos cuando yo esté sola. No me hagas más desgraciada de lo que soy. ¿Quieres ponerme en el compromiso de avisar a tu tío y cerrarte la puerta? Pues no me arredra el hacerlo. Hay ocasiones en que rompo por todo.

Tardé en responder, haciendo un llamamiento a mi sangre fría. Me recogí, y sin cólera, como el que ruega objeté:

—Ya que me echas, permíteme hablar. Quieres que no venga. No puedo vivir sin verte. Tú tampoco respiras; estás desmejoradísima, enferma y triste. Te has ido poniendo así desde el día de tu matrimonio. ¿No te sirve de alivio verme y hablar conmigo un rato? ¿Por qué te niegas a recibir esta distracción o este consuelo? ¡Si vieses lo que has variado desde que te dejé! ¿Que no? Bueno, no volveré a molestarte; pero explícame siquiera en qué te perjudican mis visitas. ¿Es tu marido que se opone? ¿O eres tú la que escrupulizas y me despides?

Echose atrás nuevamente en el sofá, y antes de responder me miró. Por instantes resplandecían sus pupilas y se transfiguraba su rostro. Su voz era entera y pura al contestarme:

—Los dos. Mi marido, si comprendiese lo que ocurre, naturalmente que lo desaprobaría; y yo, que estoy enterada, lo desapruebo. Sí, es verdad que ando enferma y triste, y parece que ni ganas tengo de vivir; pero no es porque tú no vengas... Al revés. ¿Cómo te lo explicaré? Atiende bien, trataré de descifrártelo. Un día me dijiste que no atentarías a mi honra... Mi honra es mía y nadie atentará contra ella, porque no lo consentiré; pero para hablar tú así, es que yo te he dado lugar a que pienses disparates. Esto es culpa mía, culpa mía solo; desde luego te digo que en mi conducta hay mucho que censurar. En vez de dar consejos a Cándida, vale más que me observe a mí misma... Ahora me parece que he soltado un despropósito. ¡Ni en mi conducta, ni en mis hechos descubro nada que pueda avergonzarme realmente... solo que mejor sería que no hubiesen mediado entre nosotros ciertas... tonterías, tonterías tuyas! Hago mal en hablar contigo de estas cosas; pero siento allá en mis adentros que es mejor que nos expliquemos.