—Expliquémonos —suspiré.
—Verás con qué claridad. Tú te has figurado que yo no quiero a mi marido, y hasta que siento por él... así... una especie... de repugnancia. Has tenido valor de decírmelo. Pues supón que fuese verdad. Una mujer que teme a Dios... ¡mira que hablo seriamente! tiene que querer a su marido... y yo he resuelto querer al mío... o morir. Estoy completamente segura de que si no consigo llegar a quererle tanto que lo confieses tú mismo... me muero. Solo con que puedan los extraños dudar de ese cariño, me convenzo de que he obrado mal hasta hoy. Yo me he obligado solemnemente a quererle, en presencia de quien no olvida las promesas ni consiente los perjurios. No le debo tan solo fidelidad, sino amor, y... en ese punto... Por eso me irrito cuando me llamas santa. ¡Bonita santa estoy! ¡La burla que tendrás hecha de mí! Pero ya se acabó... No has de reírte.
No sabía qué replicar. Contra aquella mujer no tenía argumentos. En el fondo de mi conciencia, su sacrificio me parecía unas veces hueco y vano, otras admirable y sublime; unas veces quintesenciado, artificioso y estéril, otras espontáneo, heroico y provechosísimo a la moralidad de las generaciones futuras. Era mi doble naturaleza presentándome el pro y el contra de la idea del matrimonio cristiano; eran el tradicionalista y el racionalista que yo llevaba en mí, enzarzados y arañándose.
—¿Sabes —prosiguió ella— lo primero que conviene hacer cuando quiere uno ir derechito por el buen camino? Apartar estorbos y tropiezos. Por eso te repito que no basta haberte salido de casa, sino que es necesario no venir por aquí mucho, y menos cuando Felipe no esté. Ni es decoroso ni conveniente; compréndelo tú mismo y valdrá más.
El decreto no me sobrecogió. Lo esperaba. Estaba seguro de que Carmen había de parapetarse tras ese muro de papel que consiste en alejar materialmente a un hombre, cuando ese hombre no ignora que es querido. El destierro importaba poco: no así aquella bizarría de la voluntad nunca vencida, que en el propio sufrimiento buscaba nuevos bríos...
—Bien —murmuré tomando el sombrero—. Me echas de tu casa, sin tener en cuenta lo respetuoso que ha sido siempre mi porte contigo y la consideración absoluta que te he guardado. Creo que me harás justicia confesando que no me he extralimitado nunca. Te veía abatida y lastimada, y aspiraba a servirte de consuelo. No me lo permites. Pues como lo que está dentro del alma a la cara tiene que salir, yo te digo que, no pudiendo verte de cerca ni un minuto, haré las tonterías que son naturales: te seguiré cuando salgas, te pasearé la calle, y en el teatro te miraré.
—No harás eso —respondió— porque como yo no daré pábulo, la gente te tomará por loco.
—He pensado muchas veces si lo estaré —respondí en un acceso de lirismo, sintiendo que el corazón se me ablandaba como mantequilla en verano—. Otras me parece que tú no estás tampoco en tu sano juicio. Ese plan de querer a tu marido o morir... verás mi franqueza... es hermoso, muy hermoso: ni presumes toda la hermosura que encierra. Solo que es la hermosura de la enajenación mental. ¿Has leído el Quijote? Pues eso... pues eso. Eres un quijote hembra. Me despides... ¡Te acordarás de mí! Me barres... Tu corazón me recogerá. Adiós, por segunda vez te lo digo... Soy profeta. Al tiempo.
Me lancé a la calle y paseé sin rumbo, yendo a dar con mi cuerpo en un banco de la Alameda, a tales horas solitaria. La sombra de los árboles gigantescos, la frescura, la perspectiva del río, debieran recrearme; pero ni observé el cuadro. Mi idea fija me vedaba la contemplación de la naturaleza. Cada derrota exaltaba más mi espíritu; cada demostración palmaria de la fortaleza moral de tití me dejaba más ilusionado, más convencido de que en ella, y solo en ella, se cifraba la perfección femenina. Y por otro lado se me representaban claramente las dificultades, los tropiezos hasta la esterilidad de la aspiración, que, a poder ser cumplida y satisfecha, no dejaría en pos de sí más que drama, conflicto, vergüenza y dolor para aquella misma mujer a quien yo intentaba subir al pináculo y a la cual deseaba tantos bienes y glorias.
Devanando estos pensamientos, atravesaba las fiestas de la Peregrina sin advertir su bullicio mareante. Para mí, ni los paseos en la Alameda, con su música y sus señoritas vestidas de alegres colores veraniegos, ni el teatro con su compañía de zarzuela que nos brindaba La Mascota por décima vez, ni las funciones de iglesia, ni los bailes de los círculos de recreo, nada, en fin, de lo que compone el programa de unos festejos provincianos, tenía el menor atractivo, como no me sirviese de pretexto para ver a mi tití, aunque solo fuera de paso; ¡verla pasar con su marido, descolorida, desmejorada, triste, fea para todos, menos para mí!