En el paseo sorteaba las vueltas para cruzarme con ella una vez más. En los templos, por la mañana, solía encontrarla, y mientras ella oía misa, rezaba o leía en su libro, yo allí me dejaba estar, hasta que mis amigos y mi madre misma se enteraron —pues en los pueblos cunde rápidamente la más insignificante noticia— de que frecuentaba las iglesias, y me dieron broma con mi devoción, suponiendo que alguna linda muchacha era el imán que me atraía. En el teatro, mientras me suponían absorto en la contemplación de tal o cual señoritinga de las que descollaban por su palmito o su elegancia en el vestir, yo miraba furtivamente hacia aquel palco platea donde la mujer de mi tío se sentaba modestamente vestida, peinada sin pretensiones, compuesta y grave en su actitud. ¿Notó ella que la miraba? ¿Volvió la cabeza hacia donde me encontrase? Mentiría si dijera que no. La volvió, en efecto y varias veces, con disimulo, pero con una especie de angustia. Probablemente aquel movimiento solo quería decir: «Sobrino, a ver si me comprometes.»

Moviose aquellos días de los festejos gran zalagarda en Pontevedra: la pugna entre mi tío y Dochán alcanzaba su plenitud, y sobreexcitada por la presencia de los beligerantes, daba lugar a una guerra horrible de personalidades y de ataques groseros, ya dirigidos a cara descubierta. El Teucrense y La Aurora de Helenes eran los puestos estratégicos elegidos por los combatientes para disparar desde allí contra el enemigo. Órgano El Teucrense de mi tío, había llegado al extremo de acusar sin rebozo a Dochán de acciones penadas por el Código, no siendo de las menos graves la de haberse llevado a su casa muebles comprados para alhajar los salones de la Diputación. Había cierto sofá, ciertas cortinas y cierta alfombra a que El Teucrense no cesaba de sacudir el polvo. Los dochanistas, en cambio, imputaban a los de mi tío enjuagues mayúsculos: y como el cadáver a flor del agua, tornaban a subir a la revuelta superficie de la política local los chanchullos viejos y enterrados, los que ya han prescrito, los que en Madrid ni vuelven a nombrarse —los solares expropiados, por ejemplo—. Pero todavía estas armas, con ser de tan envenenado filo, no bastaban a los dochanistas, que empezaban a inmiscuirse en la vida privada, hablando del objeto de don Felipe Unceta al casarse con la hija de «un propietario rico»; de cómo las segundas nupcias del suegro le «reventaban»; de la inquina entre el yerno, el suegro y el cuñado; y, por último, deslizando insinuaciones sobre malos tratamientos a la esposa, basadas en la decadencia física de esta... A todo se aludía en aquellos momentos, excepto a lo que verdaderamente existía en el fondo de mi alma y en el de la pobre tití... Es que los malignos y los maldicientes, en fuerza del propio instinto dañino que les guía y de la brutalidad de su saña, no toman en cuenta los móviles puramente sentimentales de la humana conducta, ni las delicadezas psíquicas, y llegan a tener ojos y no ver, a tener oídos y no oír. Ante aquella mujer modesta, retraída, apenas engalanada, desmejorada y flacucha, tipo enteramente opuesto al de la adúltera de melodrama que pintan los artículos morales y los folletines, nadie se imaginaba, ni por asomos, que le saltase el corazón en el pecho cuando veía pasar a un alumno de ingenieros, sobrino de su marido, ni que este sobrino se encontrase pronto a dar por ella el porvenir entero y a mirar con indiferencia al resto de las mujeres. ¡Ah! ¡Si pudiesen sospecharlo! ¡Qué hallazgo para la facción Dochán!

Aunque mi tío aparentase gran serenidad y soberano desdén (estilo político aprendido en Madrid) hacia las pestilentes habladurías de La Aurora, yo comprendía que le llegaban al alma, y de puertas adentro le veía exasperado, acentuando más la acritud y desigualdad de carácter ya demostrada en Madrid; cosa rara, pues la ecuanimidad de mi tío era en otros tiempos forma propia de su índole cautelosa y prudente. En Pontevedra se susurraba que el ataque de erisipela había sido muy grave, y hasta se lanzaban ciertas especies que no es lícito repetir ni estampar, calumniando su conducta y atribuyéndole libertinaje desenfrenado. Particularmente los dochanistas subrayaban con atroz malignidad aquello de «¿No sabe usted? Estuvo en la Toja temporada larga; veinte días lo menos.» Observando a mi tío, no pude menos de advertir en él muy graduado el decaimiento físico, cuyos primeros síntomas habíamos advertido casi a la vez la señorita de Barrientos y yo. Dos o tres veces vino a vernos quejándose de inapetencia, y diciendo a mi madre: «Benigna, mujer, hazme unas papas a tu modo... así como en la aldea... a ver si me despiertan el estómago.» Al pronto, el plato humeante le atraía, y abriendo un boquete en la harina de maíz, derramaba en él la leche y se preparaba a devorar; pero a la segunda cucharada se le acababa el apetito. «No hay cosa que me guste. Tengo además un cansancio... ¡si vieses! Y me parece que debo de haber enflaquecido. Los pantalones se me caen.» Al formular estas quejas el hebreo, mi madre le miraba fijamente, con viva expresión de inteligente curiosidad. Los ojos de mamá hablaban, querían decir algo importantísimo y luego... chitón. Una circunstancia me extrañó entonces, y fue advertir cómo mi madre apartaba cuidadosamente el vaso, el plato, la servilleta y los cubiertos de que se había servido mi tío, y los encerraba en el aparador bajo llave. Cierto día que la criada tocó a aquel depósito, la echó mi madre una chillería muy fiera.

—Tengo dicho que ahí no... Eso es para D. Felipe... Hay tazas de sobra en el alzadero, mujer.

No obstante, al llegar a su plenitud los festejos, en el estado de mi tío se verificó un cambio favorable: le vi repentinamente alegre y animado; aseguró que recobraba el apetito; y no sé si por esto o porque era inminente la llegada de D. Apolo Añejo, a quien él mismo había invitado a presidir el Certamen, con el fin de dar en la cabeza a Pimentel y a los sotopeñistas, se lanzó de nuevo al combate contra Dochán, y se exhibió mucho, en compañía de su esposa, en calles, paseos y diversiones.

De D. Apolo Añejo se habló bastante aquellos días en Pontevedra, discutiéndose con osadía sus méritos y aptitudes para presidir nada menos que un Certamen local. ¡Notoria injusticia, regatear siquiera a tan perínclito varón la palma, ya mustia por la edad, y el laurel, más seco que el de los vasares de cocina, sancionados por cincuenta años de consecuencia literaria, de fidelidad a la escuela poética, cuyo busilis está en nombrar las cosas de un modo absolutamente contrario a como las nombra todo el mundo, llamando al agua linfa; a los vasos, cráteras; al café, haba insomnífera; y al té, salutífera sinense droga! Ni eran tan fósiles las rimas de D. Apolo, que no le hubiesen servido de escalón para trepar a ciertos puestos administrativos, y aun una penumbra política, donde se mantenía, no sin fruto. Diríase a primera vista que para don Apolo había de ser un compromiso el discurso del Certamen; pero el clásico vate lograba ocultar tan diestramente su ignorancia en casi todas las cuestiones humanas y divinas, que esperábamos que sucediese lo mismo en los Juegos florales de Helenes.

Mi tío se multiplicaba a todas horas (frase tomada de una crónica de El Teucrense) para organizar una lucida recepción a don Apolo. Los dochanistas le creaban mil dificultades. Ya se entendían con el director del orfeón «Ecos del Lérez», a fin de que no se prestase a dar serenata al señor de Añejo; ya intrigaban en el Casino suscitando obstáculos a la velada literaria en su honor; ya excitaban el amor propio regional en pro de Lupercio Pimentel, al cabo hijo del país, y más acreedor a que se le confiase la presidencia del Certamen. Sin embargo, la llegada de don Apolo determinó un período de tregua; el amor propio urbano, el deseo de dejar bien a su ciudad, aplacaron el ánimo de los contendientes; el aspecto entonado del vate, sus medias palabras, recalcadas y acentuadas con enigmáticas sonrisas, le conquistaron aprecio y consideración. Deshízose entonces la prensa, sin distinción de colores, en frases encomiásticas, y dio cuenta minuciosa de los pasos y movimientos del literato insigne: hoy había salido a la calle en compañía de Fulano y Mengano; a la tarde le tocaba extasiarse ante tal iglesia o ruina: a la noche es seguro que iría a «admirar» la iluminación de la Alameda: ayer se dejó decir que las pontevedresas son de canela y azúcar...

La mañana del Certamen —víspera de la función de la Divina Peregrina— reviví en cierto modo aquel mes del año anterior, en que se había verificado la boda de Carmen y principiado para mí la verdadera juventud con los primeros estremecimientos de la pasión. Por las calles de Pontevedra me encontré a Serafín Espiña, tan lejos del sacerdocio como cuando le conocí; al Alcalde de San Andrés; al Ayudante de Marina, con toda su familia, mujer, cuñadas y mamones; a D. Wenceslao Viñal, individuo del jurado, embutido en su levitón y dignificado con su chistera, y a Castro Mera, del jurado también, calzándose guantes color de zanahoria.

Y después vi entrar en el teatro, donde había de verificarse la literaria solemnidad, a una pareja que llamaba la atención, provocaba maliciosas risas, hacía volver la cabeza a todo el mundo y proyectaba con su sombra una silueta de caricatura. Eran el señor de Aldao, trémulo pocho con el labio colgante y los pies a rastra, y su esposa, hermoseada, fresca, blanca como la leche, afinada ya, derecha y gentil, elegantemente vestida de seda lila a pintas negras, y luciendo su capotita de paja que guarnecía, emboscándose en los cabellos rubios, una rosa té. Iban de ganchete, y Cándida —he de confesarlo— no manifestaba ni descoco ni engreimiento con su nueva posición; solo cierto gracioso aturdimiento infantil, que la indujo, cuando me vio, a amenazarme con el abanico, y a sonreírme con boca y ojos, mostrando unos dientes como piñones entre la cereza partida de los labios.

Yo no entré en el Certamen. Por ser de día y hallarse encendidas las luces todas, dentro reinaba un calor asfixiante, y no merecía la pena de arrostrarlo el oír la leyenda Os Turrichaos, en octavas reales y en dialecto, y premiada con un ejemplar de las Obras de Cervantes; el Himno a Helenes, tintero de plata; el Romance a Nuestra Excelsa Patrona la Divina Peregrina, florero de bronce y cristal... y otras obras destinadas al pozo del olvido, a pesar de que don Apolo las llamó aromadas flores del poético vergel galaico. Tampoco el discurso de Añejo, con sus disertaciones sobre el gay saber y los trovadores de la Edad Media, me seducía gran cosa. Yo sabía que Carmen estaba allí; pero prefería verla al salir, que ahogarme y que aguantar el chaparrón de rimas laureadas. Y a propósito, ya que hago mi autobiografía, declararé que no profeso gran afición ni a los versos excelentes, y que los malos, del género Trinito, lejos de exaltarme la fantasía, me causan una especie de desprecio cómico y de reacción de prosaísmo. Tengo la arrogancia de creer que mi historia con Carmiña Aldao es más poesía que el Himno a Helenes.