Al concluirse el discurso resonaron aplausos y salieron a la puerta unos cuantos espectadores, rendidos de calor, agradecidos a que la perorata solo hubiese durado hora y media. Entre ellos venía el director de El Teucrense, que me tocó en el hombro.
—¿No sabe lo que acaba de hacer su tío? —me preguntó—. Se encuentra en los pasillos con el suegro y la mujer, y ni siquiera les saluda. No se habla de otra cosa en el teatro.
—¿Y el discurso de Añejo?
—¡Hombre!... Poquita voz, poquita gracia... unas palabras tan enrevesadas que casi no se entienden... Nos habló de los trovadores y de los troveros... nos dijo que caminásemos a la apoteosis de Galicia, haciendo muchos certámenes por el estilo de este que él preside... y nos encargó que no nos extraviásemos imitando a los decadentistas... decadentistas, así como suena. Yo no sé que en Pontevedra haya decadentista ninguno. Me parece que el público entendió: dentistas. Mañana en El Teucrense voy a ver si publico un extracto del discurso: por eso he tomado apuntes. Ahora vuelta al horno, a ver cuando da fin esa lata de poesías. No nos llega la camisa al cuerpo, de miedo a que el autor de Os Turrichaos nos endilgue su leyenda sin perdonar octava. Esperamos que el Presidente pondrá coto a tamaño abuso. Si no, como decía el cura tartamudo, te... te... tenemos misita hasta las cu... cu... cuatro. ¿Qué hace usted ahí? Entre a oír los cantos de la Musa.
¡Entrar! Preferí darme una vuelta por el pueblo y volver a apostarme a la puerta cuando racionalmente supuse que faltaba poco para acabarse la función. Pero sin duda el autor de Os Turrichaos no había perdonado al público ni una octava, pues todavía esperé largo rato. Por fin empezó a vaciarse el local. Todo el mundo, al salir, respiraba como quien se ve libre de una carga enojosa: las fisonomías se dilataban al contacto del aire fresco, y el sol les infundía regocijo; había suspiros de satisfacción y voces que sonaban alegres, sacudiendo el enervamiento de la insufrible ceremonia. Salió Carmen entre su marido y don Apolo: al paso de este grupo la gente abría camino y oíanse murmullos de curiosidad.
XII
Al otro día del Certamen se celebraba el baile del Casino. La tití asistiría, porque su marido la obligaba a exhibición continua mientras durasen las fiestas y fuese preciso imponerse y ganar prestigio contra los dochanistas. Me preparé a concurrir también al festival (así decía La Aurora), y a las diez ya vagaba como alma en pena al través de aquellos salones, no ocupados a la sazón sino por el Presidente y algún individuo de la directiva, que daban los últimos toques a la decoración y se enteraban de cómo andábamos de flores, polvos de arroz y horquillas en el tocador, «digno de Las mil y una noches», afirmación de La Aurora también.
Empezó a acudir la gente en pelotones, pues es raro que en bailes de provincia entre una familia sola, antes suelen reunirse para arrostrar la situación desairada de los primeros momentos. Divanes y banquetas fueron alegrándose con los colores delicados del traje de las señoritas, y al tocar la orquesta la primera polka, seis u ocho parejas salieron ya bailando con ímpetu, teniendo el salón por suyo. En poco tiempo aumentó la concurrencia de tal modo, que la circulación se hizo difícil. Y Carmiña sin presentarse.
A eso de las doce menos cuarto realizó su entrada del brazo de don Apolo, que desplegaba con ella galantería senil. No hay mujer en el mundo, al menos el mundo tal cual hoy le conocemos, que, por santa que sea, no trate de parecer algo mejor en un baile; y Carmen, a pesar de su completa abnegación, de fijo había consagrado aquella noche un ratito al espejo. Llevaba su acostumbrado vestido blanco, pero refrescado, adornado con piñas de rosas; en el pelo flores naturales y alguna joya discretamente prendida. Sus largos guantes de Suecia disimulaban la ya angulosa línea de sus brazos. No diré que estuviese bonita: había allí tantas caras radiantes y juveniles, que a ellas con justo título pertenecían los honores de la belleza plástica. Mis ojos, sin embargo, apartándose de los lozanos botones en flor, iban en busca de la rosa mística, de la hermosura puramente espiritual, patente en un rostro consumido por la pasión y la lucha. Si yo no viese allí aquel rostro, tal vez hubiese bailado con las lindas muchachas que aguardaban pareja. Pero no quise. Mirarla a hurtadillas era mejor.
A su lado estaba Añejo. Ella le oía y contestaba con afabilidad, tratando de no levantar la voz ni hacer ademanes en que se fijase el concurso. ¿De qué le hablaría don Apolo tan seguido y tan acaloradamente? Supe después que del éxito de su gran Elegía a la rota del Guadalete, oída con suma benignidad por el rey Alfonso XII e impresa a expensas de una corporación doctísima. Mi tío dejó a su mujer entregada a la rota del Guadalete, y dando una vuelta por el salón, no tardó en reunirse con el director de El Teucrense, que, muy deferente y solícito, se le acercó diciendo: