—¿Don Felipe, qué hay? ¿Qué se le ocurre?

Estaban tan cerca de mí, que pude oír la respuesta. Con voz más quebrantada de lo que acostumbraba, respondió mi tío:

—Hombre, días pasados me sentí muy bien... Pero hoy no sé cómo ando. Tengo un cansancio y un hormigueo en los pies... Y a veces dolores. Creo que estoy perdido de reuma. Las pensiones de la vejez, que empiezan a cobrarse ya.

—Eh, qué vejez, ni qué rabo de gaita, ¡si es usted un muchacho! —protestó el periodista—. Cuidarse y no criar bilis, que ya fastidiaremos a los de La Aurora y a la gente que nos impone el Santo. Si le da la gana de mandar, que mande en Compostela, donde posee su distrito y donde ha empleado hasta a los correcanes de la catedral. De aquí hemos de espantarle. Mire usted, D. Vicente tendrá todo el talentazo que guste y que la gente le reconoce; pero en sus protecciones toca el violón más que nadie. ¡Cuidado con haber entregado el pueblo a Dochán, a Paredes, a Rivas Moure, a Requenita y a toda esa chusma de La Aurora! Hay días que le entran a uno ganas de hacer una barbaridad. Ayer en el Certamen me cansé de llamarles pillos; y se lo tragaron, porque hoy no chistan.

Mi tío moderó el celo del seide, repitiendo:

—Calma, calma y mala intención... A D. Vicente ya le haremos ver que no le queda más remedio sino venirse a buenas y transigir. Crea usted que a estas horas está harto de Dochán y de los compromisos en que le pone... el asunto de los muebles...

No quise oír más, y dejando al cacique y al periodista engolfados en su diálogo, me interné en el salón, atraído por la tití.

Noté que estaba muy acompañada; varias señoras de lo más granado de la población habían ido aproximándose y formando en torno de ella y del señor Añejo ese núcleo superior que inevitablemente se constituye en todo baile o sarao, para desesperación de las que en él no tienen cabida. Un incidente vino a poner de relieve lo que indico.

Cuando las señoras consiguen organizar el susodicho núcleo, desplegan habilidad felina para defenderlo y evitar la ingerencia de elementos extraños o heteróclitos. La media docena de damas que, con mi tití enmedio, presidían moralmente el baile, realizando una ingeniosa captación de los divanes, extendiendo las faldas, haciendo que no veían, habían obtenido el deseado aislamiento. Dos o tres tentativas de inmixtión fueron desconcertadas rápidamente. Pero sobrevino una que demostró la unión, la sorprendente armonía con que se verificaban los movimientos en el pequeño cuerpo de ejército femenil. Y fue que entró por la puerta grande —casi fronteriza al diván— el señor de Aldao, dando la derecha a su esposa, la cual, a decir verdad, venía muy bonita con su traje claro y su cabello rubio empolvado y crespo. La pareja se dirigió como una saeta al diván; y las señoras, con admirable prontitud, se ensancharon, ahuecaron los trajes, y fingiéndose distraídas y abanicándose precipitadamente, imposibilitaron la colocación de la intrusa. Esta, llena de sagacidad, a despecho de su inexperiencia, vio desde lejos la maniobra, y tirando del brazo de su sexagenario marido, le apartó del sitio peligroso. Hubo un momento de curiosa ansiedad en el salón; el lance ocurría durante el descanso, y los hombres habían salido, quedando casi despejado el centro de la sala y permitiendo enterarse de todo. La improvisada señora vaciló; no sabía a qué lado dirigirse; temía otro desaire. Por fin, lo hizo hacia la izquierda, sentándose en la esquina de una banqueta ocupada por algunas señoras, de las menos encopetadas del pueblo; como que entre ellas se contaba la familia de un concejal, almacenista de vinos, y la de un fomentador de San Andrés. El marido de Candidiña, después de acomodarla, hubo de hacer lo que todos, retirarse, dejándola en la embarazosa situación de una mujer sola, blanco de ojeadas poco benévolas, y a quien nadie dirige la palabra. Miró alrededor con cierta angustia, y su rosada faz de angelote se puso repentinamente seria. Para aparecer menos cohibida, hizo gestos, se arregló los encajes del escote, se pasó la mano por el pelo, puso bien la cola, abanicose, y olió la flor que llevaba en el hombro, casi rozando con la mejilla. Su espíritu imploraba un salvador... y el salvador no tardó en aparecer, en figura de Castro Mera, que de frac, obsequioso y meloso, con el requiebro en los labios y la insolencia en las pupilas, cruzó el salón y se acercó a la señora de Aldao, mostrando más desenfado del conveniente. La conversación entre Candidiña y el diputado provincial pasó a animado cuchicheo, y las señoras sentadas al lado de la de D. Román empezaron a secretear entre sí, no sin algún severo fruncimiento de cejas y algún movimiento de cabeza que desaprobaba enérgicamente.

Yo contemplaba a mi tití desde lejos, y pude notar que no perdía detalle de esta escena. Dos o tres veces advertí en su rostro señales de contrariedad y desazón reprimida, y esos movimientos nerviosos mal disimulados que se escapan a la mujer cuando las conveniencias sociales la obligan a permanecer en un punto y su deseo la lleva a otro. No pudiendo contenerse más, hizo a D. Apolo una graciosa indicación con la cabeza y la mano, y el cantor del Guadalete se inclinó, ofreciendo el brazo con apresuramiento y deferencia. Cruzaron el salón, y, a mi parecer, tití lo verificaba con la dignidad de una reina, con la ligereza de un hada y con la divina sonrisa de una virgen. Y sin dejar de sonreír, entre la expectación general, acercose a su madrastra, la tendió la mano, y mientras Cándida balbucía, temblando de emoción y de sorpresa: «Muchas gracias... Carmiña...», la honesta y sublime mujer se inclinó, posó los labios en la frente de la chicuela, y empujándola familiarmente por los hombros, la enganchó casi del brazo de Añejo a la vez que ella tomaba el de Castro Mera, diciendo con dulce autoridad: