—¿Lo ve usted? —exclamé triunfante—. ¿Ve usted cómo acertaba yo al opinar que esa boda era un atentado?
—Poco a poco. Tanto como atentado, no. Usted cree que la vida ha de componerse de una serie de dichas y venturas, y en eso se equivoca mucho, porque la vida es una prueba, y a veces una sucesión de pruebas que acaba con la muerte. A su tía de usted, la señora de don Felipe, la mandó Dios prueba más dura y más amarga; pero ya sabe Dios dónde hiere, porque su alma no es del temple común. Carmen es la mujer cristiana, se lo dije a usted en cierta ocasión... precisamente cuando tuve el gusto de que nos conociésemos...; y si yo, hablando humanamente, preferiría que hubiese sido dichosa aquí y en el otro mundo, como confesor diré a usted que no lamento demasiado verla en este trance. Es un medio de que luzca en todo su esplendor la hermosura de su alma.
—Padre Moreno —objeté con acento hosco—, es usted tan buen fraile, tan buen fraile... que ya no tiene entrañas ni corazón. A fuerza de virtud, suprime usted la humanidad, como quien suprime un estorbo, o la pisotea como a un bicho. No contento con eso, se mira usted en el espejo de su propia perfección, hasta el extremo de desconfiar de los simples mortales, juzgándoles radicalmente incapaces de intención honrada y de limpieza de propósitos. ¡Apuesto un duro a que no consiente usted en lo que quiero proponerle!
—Sepamos. Por supuesto, en su juicio acerca de mí hay manifiesta exageración; vamos, que me ve al través de un cristal teñido de colores enteramente fantásticos. Usted, señor positivista, hace del Padre Moreno —que es la misma prosa, el hombre más a la pata la llana— uno de esos frailes de drama o de novelón por entregas; si me descuido me atribuye que venga a prenderle para entregarle al Tribunal de la Inquisición. No tengo pizca de Torquemada: soy bastante tolerante... me parece.
—Pues ya que se juzga tolerante y humano —argüí—, veremos cómo toma mi proposición. Usted saldrá de Madrid dentro de pocos días, según entiendo. Además, no está usted en situación de cuidar enfermos, sino de mirar por sí mismo y reponer algo, si es posible, los quebrantos de la salud. Carmiña se queda aquí sola... peor que sola; bregando con un enfermo asqueroso, expuesta a que desfallezca su ánimo, y a que, con todo su heroísmo, sus fuerzas le hagan traición. Pues bien; no se oponga a que yo la ayude en la asistencia de su esposo.
Una carcajada, no amarga e irónica, sino muy franca, sorprendente en un hombre débil aún, brotó de los labios del Padre Moreno.
—Perdone que me ría —dijo—, pero es que no lo puedo remediar. ¡Naranjas con el alumno de ingenieros! Tengo que reírme, y mejor es que me ría yo que no que me formalice y armemos la de Roncesvalles. ¿De modo que usted cree que su mamá le envía aquí para hacer de hermana de la Caridad? Y otra cosa, amiguito. ¿Piensa que los cuidados de usted complacerían al infeliz paciente como la asistencia tiernísima de la amante esposa?
—Ea, Padre —exclamé saliendo de mis casillas, como solía siempre que me arrollaba el fraile maldito—: a mí no me venga usted con retóricas de púlpito, ni me trastee con palabritas insidiosas. Ya sabe que yo estoy en el secreto: Carmiña es una esposa honrada, la más honrada de todas las esposas del mundo; pero no puede ser una esposa amante... ¡y la razón me parece bien sencilla! porque no está enamorada de su esposo.
—Y de usted sí, ¿verdad? —replicó en tono de mofa punzante el Padre Moreno.
Titubeé. Estaba cogido. Yo protestaría, pero... la verdad es que el fraile había dado en el hito y traducido mi pensamiento exactamente. Para salir del apuro, resolví agarrarme al honor y a la delicadeza.