—¡Ay! ¡Paseíto! ¡Usted cree que habla con el Silvestre Moreno del otro verano! —respondiome resignado y dolorido—. Con esta pata coja no podré andar como Dios manda lo menos en diez meses... Vaya usted aplazando el paseo para entonces.

—Pues véngase usted a mi fonda... La verdad por delante: necesito hablar con usted en reserva. Tomaremos un coche, y no tendrá usted que estropearse la pierna mala.

—¿Y a qué semejante conferencia? —interrogó el moro vendiéndose caro.

—Figúrese usted que se tratase de confesión —respondí llevándole el genio.

—¡Confesión! Están verdes... —objetó moviendo la encanecida testa.

No obstante, logré que se viniese conmigo. Servile de apoyo hasta que nos metimos en un simón, y creyendo que era el sitio más seguro para hablar, tomé por horas el coche y le mandé ir al paso por la ronda. Y allí, encajonado, alentado por la proximidad, me expliqué con entera franqueza. La lealtad de mis propósitos me prestaba energía.

—Padre, usted sabe mejor que yo lo que el marido de Carmen padece. Usted conoce esa enfermedad; en África ha tenido mil ocasiones de verla, de saber que es contagiosa, y que es mortal. No me lo niegue.

—Lo que no me explico —contestó el fraile arrugando el entrecejo— es cómo se encuentra tan enterado el caballero Salustio. Eso sí que me admira.

—Lo sé —dije sonriendo desdeñosamente— no por ninguna indiscreción epistolar, como usted se está maliciando, sino porque en nuestra familia esa enfermedad es hereditaria; salta una generación, y se presenta cuando menos la esperamos. Hay en nosotros sangre israelita, y ese legado cruel...

—Bien cruel, efectivamente —respondió apiadado Aben Jusuf—. Es cosa tremenda, y crea usted que si conociese ese antecedente antes de casarse Carmen, la diría: «considera a lo que te expones.»