La hora de llegada del correo no era a propósito para visitar a nadie. ¡Una noche más de incertidumbre! Por la mañana, en cuanto pude, corrí a la calle de Claudio Coello. En el portal tuve un momento de escepticismo. Viendo a la portera que me saludaba, apoyándose en su vetusta escoba; encontrando la escalera invariable, los evonymus del patio nada crecidos, el aspecto de las cosas idéntico a sí propio... me aferré a la idea de la irrealidad del drama interior. «Ni hay tal lepra, ni tales sacrificios, ni tal amor, si me apuran.» Metí las manos en los bolsillos, dudé un segundo... y al fin tomé la escalera, subiéndola de tres en tres escalones, como los chicos. Me introdujo la criada en la sala... ¡Gran polka bailada por el corazón!... Alzose la cortina del gabinete... y con verdadera sorpresa mía salió a recibirme... ¿Quién pensará el lector? Ni más ni menos que el fraile moro.
—¡Usted por aquí, Padre!
—Más que usted de verme me admiro yo de encontrarme en el mundo de los vivos... —contestó el fraile, cuyo aspecto confirmaba plenamente su aseveración. Estaba consumido, amarillento, con los ojos mortecinos, y cojeando, se apoyaba en una muleta de palo liso, sin almohadilla ni adornos de clavazón dorada—. Ya no soy aquel Padre Moreno que usted conoció —añadió tristemente—. Mi robustez se deshizo como la espuma. Dos operaciones horrorosas he sufrido, ambas con aplicación de cloroformo; me han barrenado los huesos, y creo que me han extraído los tuétanos a la vez. Si le digo a usted que un día, al hacerme la cura, pregunté qué era aquello que me sacaban... me contestan que unas hilas... ¡y era el tendón que llaman de Aquiles, que salía deshecho! Pero ¿qué se le ha de hacer? Dios no quiso llevarme todavía... y por aquí estoy. ¿Viene usted a saber de su tío?...
—Justamente... —tartamudeé—. Quería enterarme de cómo sigue, y saludar a Carmen.
—Pues no sé si ahora podrá salir. Creo que están haciéndole la cura... y como puede decirse que quien la hace es ella, porque nunca permite descansar en el practicante...
—¿De modo —pregunté articulando lentamente y fijando mis ojos preguntones, casi magnéticos a fuerza de irradiar voluntad, en los del fraile—, de modo que sigue su curso el mal?
—¿La erisipela? —contestó Aben Yusuf cruzando con sobrehumano vigor su mirada con la mía—. Sigue, ¡pues claro está!...
—¿La erisipela? —pronuncié ya enteramente seguro de lo que pretendía averiguar, es decir, que mi madre no se había engañado, y el fraile también lo sabía.
—La erisipela, el padecimiento que se le declaró este verano en Pontevedra —dijo él con serenidad.
—Oiga usted, Padre —supliqué, inspirado por una idea repentina—. ¿Quiere usted hacerme un favor? Ya que en este momento no me es posible ver a los tíos... véngase usted a dar un paseíto conmigo... y a tomar una taza de café.