A la tarde les vi marchar con la desesperación de no poder acompañarles, de no haber trocado dos palabras a solas con Carmiña, de no saber si mi madre se equivocaba, y de perder de vista al ser perdido cuando le esperaban horas tan crueles. Las fibras profundas de mi alma me dolían al despedirme de la mujer ligada al hombre sentenciado a tan espantoso género de muerte. Presentía su calvario, adivinaba sus torturas, y temblaba por ella. ¿No era contagioso el mal? ¿No caería sobre su cabeza como el rayo? ¿No iba ella también a ser leprosa?

Así que les hubo despedido en la carretera, mi madre se volvió a casa. Con sus propias manos acarreó leña, la hacinó, le puso debajo cebo de ramas secas, y prendiendo fuego con un papel retorcido empapado en petróleo, armó en el patio una fogarada idéntica a las que hacen los muchachos en la noche de San Juan. Así que crujió la leña, arrancó las sábanas de la cama de mis tíos (las sábanas que estimaba tanto, hiladas y tejidas caseramente del lino que ella misma cultivaba); sacó las toallas, los vasos, las servilletas, el mantel, los platos, los cubiertos, todo cuanto había servido para los huéspedes, y sin un momento de vacilación, de prisa, a brazados, lo arrojó a las llamas. Quedaba en el cuarto de los huéspedes un pañuelo que tití llevaba al cuello, un pañuelo de seda. Lo arrojó también; y hasta que el fuego no lo hubo consumido todo, derritiendo el metal blanco y estallando el vidrio, no se retiró de allí la inquisidora.

XVI

No volví a tener noticias del matrimonio lo menos en quince días. ¡Decir lo que me consumía y desesperaba entretanto! ¡Oh falta de dinero, estorbo a cualquier grande acción, rémora invisible que nos sujeta más fuertemente que todas las cadenas y prisiones del mundo, eterna cortapisa de nuestros mejores impulsos, cable que nos amarras a la realidad, matadora de los ensueños y enemiga de la libertad como ningún tirano! ¡Ira de Dios! ¡Verme con barbas, lleno de amor y de zozobra, saber que la mujer amada atraviesa el más amargo trance, y no ser dueño de ofrecerle ayuda, compañía, consuelo!

A veces me calmaba un poco la esperanza de que mamá se hubiese equivocado de medio a medio, lo cual no sería sorprendente. Ella no era ninguna autoridad en medicina, ni mucho menos, y su fogosa imaginación y sus preocupaciones tradicionales podían extraviarla. ¿Acaso hay lepra en el mundo? ¿Acaso persiste esa enfermedad bíblica y gótica? ¿Quién se acuerda de San Lázaro ya? ¿Dónde vemos una leprosería? ¿Padece de semejantes dolencias ninguna persona de cierta educación, de regulares medios de fortuna? ¿No era pesadilla o calenturiento antojo suponer que mi tío la padeciese?

Transcurrida la quincena, una carta de Carmiña a mi madre me hizo entrever un rastro de luz. Decía que el achaque de Felipe no presentaba mejoría notable; que Sánchez del Arroyo no estaba en Vigo, y que deseosos de consultar a una lumbrera, habían resuelto adelantar el regreso a Madrid. «Felipe tiene aprensión, mucha aprensión —añadía la esposa—. Como le falta apetito y le molestan los dolores, discurre que el facultativo a quien vea en Madrid le enviará, aprovechando lo que queda de otoño, a algunos baños o aguas que le sienten mejor que le sentaron los de la Toja. Él cree que estos estaban contraindicados, y que de allí procede todo su mal». Y al final de la carta, añadía: «Yo muy bien. Aquí como perfectamente, y los baños de mar me han repuesto.»

Estas indicaciones me hicieron cavilar. «¡Generosa mentira! —pensé—. Su objeto es persuadirme de que no le faltan fuerzas para llenar los deberes de esposa, por más difíciles que sean. Me dice con disimulo: —No flaqueo. Verás cómo tengo valor—. Pero no me engaña. Comprendo mejor que nadie su estado. ¡La repugnancia, el asco, el temor, la protesta de la naturaleza contra una enfermedad de esa índole! ¡Un matrimonio indisoluble! Imposibilidad de apartarse de él e imposibilidad de acercarse...» Mi imaginación, ya sin freno, bordó sobre este tema crueles variaciones, representándome cosas hechas adrede para crispar los nervios. ¿Pero creen ustedes que me resignaba a dejar marchar los sucesos como Dios quisiera? Nada de eso. Yo tenía mis planes y mis resoluciones, que había de poner por obra. Como que me proponía nada menos que ser el salvador de mi tití, y redimirla de aquella espantable tribulación. Me convertía en ángel de su guarda o en compañero de su martirio. Mi amor, al depurarse, había adquirido refinamientos y delicadezas mayores, y me sentía movido por idealismos generosos, que me impulsaban la abnegación.

No veía el momento de salir camino de la corte. Ansiaba —pienso que como nunca— hablar con Carmiña, saber la verdad, cuál era el estado de su salud y de su espíritu y ofrecerme y entregarme sin reserva. Cuando llegó el momento, mi madre se encerró conmigo para leerme la cartilla y encargarme que hiciese... precisamente lo contrario de lo que tenía determinado hacer.

—Por casa de tu tío aporta lo menos que puedas. Pararás en la fonda de doña Jesusa. Procura, mira que te lo encargo, no verles; discúlpate con que tienes mucho que estudiar; y si Felipe te da la mano, no la cojas; con disimulo te apartas, fingiéndote distraído... ¿ves? así —y mamá representaba a lo vivo la escena de hacerse el sueco—. Mira que ese mal se pega; tú tienes la misma sangre; al fin, digan los médicos lo que se les antoje, de una casta somos, que no podemos negarlo; y no sería milagroso que retoñase donde menos se piense... Ojo te encargo. La posada la pago yo; no necesitas andar complaciéndolo a él para que nos ayude: si por buscar la herencia atrapamos la muerte, esa sí que es ruina. No hijiño: cada uno mire por sí: no hagas el caballero andante.

Prometí seguir al pie de la letra tan sabios consejos, y emprendí el viaje, con fiebre de llegar. En lo del hospedaje obedecí, instalándome en casa de doña Jesusa, por más que entonces desearía yo a par del alma vivir con mis tíos; y no era que me propusiese ningún fin torcido y siniestro. ¡Sedme testigos de ello, árboles del soto de la Ullosa, que me visteis muchas tardes entregado a sueños dignos del hidalgo manchego en los riscos de la sierra!