—Por Dios, no alce usted la voz... Cállese... ¡Que va a enterarse Carmiña!

—Pues que se entere. ¡Caramba con tantos miramientos y tantos circunloquios! No entiendo lo que te pasa con tus tíos, pero estás para ellos todo derretido y acaramelado. A la fuerza Felipe te hace concebir que hoy o mañana te protegerá. No te fíes de él... y ahora menos que por orden natural... ¡No te comprometas, te lo aconseja tu madre!... Esos días atrás, en Pontevedra, te pusiste en peligro de que te rompiesen las costillas... ¡Me viniste a casa con la mano izquierda estropeada!... ¡Aún tienes la señal... no la escondas! ¿Y todo por qué? ¡Por sostener el partido de tu tío contra Dochán! No pensé que le quisieses tanto... Ahora vas a exponerte a ganar la muerte... ¡Mándale a paseo, que yo, para que acabes tu carrera, soy capaz de ponerme a servir!...

Decía estas incoherencias accionando y gesticulando mucho, en tono ya suplicante, ya colérico, hasta que por último, cogiéndome por la solapa de la americana, lanzó el ultimátum:

—Si no quieres obedecerme, a mí que hablo solo por tu bien, te pego un bofetón... y no tienes más remedio que venirte.

La tomé en brazos, triunfando de su desesperada resistencia, y besándola en el pelo, porque escondía la cara, contesté:

—Presentaremos la otra mejilla. ¡Tendrá chiste que me pegues sobre la barba! Mamá, no chochees. Ni tú ni yo podemos salir de aquí dejando a tu hermano enfermo y a su esposa sola con él.

—Pues ya verás si les dejo o no les dejo —respondió mamá—. Y a ti dispongo que te ate el mozo del ganado, y te llevo atadito.

La casualidad o la suerte hicieron que no se precisase echar mano de esos remedios heroicos. El hebreo se presentó a la hora del desayuno, como solía, pero muy desmadejado y lacio, anunciando que aquella misma tarde, por el coche de línea, iba a tomar el tren para seguir a Vigo, pues comprendía que su estado de salud reclamaba consulta formal, en toda regla.

—Esta erisipela es molestísima. Es preciso atender al vicio de la sangre, que se ha revelado ahora más fuerte que antes de ir a la Toja. Tengo entendido que Sánchez del Arroyo está en Vigo dando baños a su familia. Podré saber su dictamen.

Yo, sin tocar al chocolate ni al vaso de leche que me habían servido, consideraba a mi tío con ardiente curiosidad, sufriendo esa fascinación que ejerce sobre nosotros lo repulsivo y lo horrible, lo que plantea el enigma del dolor y la miseria humana. Quería leer en su fisonomía descolorida y como infartada, en su cuello, sembrado de rojas flictenas, el secreto de la incurable enfermedad, transmitida de padres a hijos, mejor dicho de abuelos a nietos, disuelta en las gotas de sangre judía que corrían por las venas de nuestra raza. «No sabe lo que tiene —pensaba yo—; ni ella lo sospecha tampoco. ¡Vaya una situación! ¿Qué haremos ahora? ¿Se le dice o se le oculta? ¿Cuál resultará más piadoso: revelar la verdad, o encubrirla hasta que hable la ciencia? ¿Tendrá el médico valor para desengañarla? ¿Qué va a ser de esta infeliz? ¿Cómo soporta el asco y el miedo y la congoja? Una mujer que siempre miró a su marido con repulsión invencible ¿qué será ahora? En cuanto lo sepa se le hace imposible la vida.» Y por virtud instantánea del terrible misterio cuyo velo se había descorrido para mí, noté en mi corazón y en mis sentidos un cambio singular. En vez del juvenil y ardoroso deseo que me torturaba pocas horas antes, percibí una especie de adormecimiento de la vida sensitiva: pareciome que se purificaba todo en mí; que podía mirar a Carmiña como se mira a los ángeles; es más: la idea de su forzada convivencia con el leproso, me infundió esa pureza o frigidez que se desarrolla a la cabecera de un enfermo grave, al pie de un lecho de muerte, en los supremos instantes penosos de nuestra pobre humanidad. Sentí mi amor mutilado o depurado —conforme se entienda—, y me pareció, al ofrecer aquella gran oblación íntima, que ya estaría así hasta la consumación de los siglos; que todo era blanco en mi vida.