—¡Ni por asomo! Erisipela y más erisipela. Le echa la culpa al sol de ayer.
Yo estaba vestido ya, y me había pasado por los soñolientos ojos una toalla húmeda. Planteme delante de mi madre, en interrogadora actitud, como el que dice: «Bueno, ¿y qué? ¿Cómo resolvemos la situación? Pongámonos de acuerdo.»
—Pues, hijo —declaró mamá con su acostumbrada viveza—; yo no soy de las que se atollan. Esta misma tarde a Pontevedra, o ellos, o nosotros. Lo prudente y natural sería que lo hiciesen ellos, en busca de facultativo; pero como Felipe tiene un miedo que no ve a que le apaleen los de La Aurora, acaso le dé por estarse aquí hasta Dios sabe cuándo: tal vez hasta que se vuelva a Madrid: ya ves tú si sería pejiguera. De modo que si ellos no se van, somos tú y yo los que esta misma tarde, por la diligencia, tomamos el portante. Ahí les queda la casa, la criada, las ropas... que regularmente tendré que quemarlas toditas cuando tu tío se marche, porque yo no me acuesto en sus sábanas; primero pido limosna para comprar otras nuevas...
La oía aterrorizado. ¿De manera que iba a permanecer allí Carmiña, sola, con su marido atacado de tan terrible mal?
—Mamá, vete tú, si quieres. Yo no tengo aprensión. Me quedo para lo que haga falta.
—¿Que no vienes? ¿Pero estás de remate? ¿Crees que voy a dejarte aquí, ni a consentir que se te pegue el mal por locuras y quijotismos? ¿Tantas obligaciones le debes a tu tío que te juegas por él la salud? Salustiño, mira que no me incomodes... Tú me acompañas a la tardecita.
—Tiempo perdido, mamá... No he de ir.
—¿Cómo que no? —exclamó mi madre, agotada ya su escasa provisión de paciencia—. ¿Cómo que no? ¿Se puede saber quién manda aquí?
—Tú, en todo menos en esto —contesté deseoso de no enfadarla, tomándola en broma como hacía muchas veces.
—No; no me vengas con guasas, que entonces me pongo aún más frenética —gritó la vehemente criatura en tono indescriptible—. Has hecho cuanto se te ha antojado; me has perdido el año, y no te he dicho una palabra siquiera —lo cual no era verdad, pues me había dicho muchas—. Pero si ahora se te antoja coger la lepra, ¡eso!...