Abroché agitadamente el chaleco. No acertaba a entrar los botones en los ojales. Mis torpes dedos se negaban a servirme. Renunciando a discutir con mamá, en la seguridad de no poder apearla de sus convicciones bíblicas, duras y rencorosas, mi único deseo era ver a Carmiña, cerciorarme de la realidad del caso atroz, y discurrir cómo se aminoraría la gravedad del conflicto. Pensaba en esto al hacerme descuidadamente el lazo de la chalina, encontrándose ya mis potencias enteramente despejadas, según suele ocurrir cuando nos sorprende en mitad del sueño una novedad importante, que nos llama al terreno de la acción. Incierto aún, me volví hacia mi madre, insistiendo:

—¿Pero estás bien segura de que es lepra, lepra auténtica? Tus conocimientos en medicina...

—¿Que si estoy segura? Como yo fuese médico, a ciencia me ganarían otros... ¡pero lo que es a golpe de vista! Tengo yo ojo de diablo. Además, he visto lazarados mil veces. En la Toja los hay a docenas. En Marín teníamos uno que venía diariamente a casa a pedir limosna: traía su taza para el caldo, y nosotros le dejábamos otra llena en el portal; porque comprenderás que se tomaban mil precauciones, y todas eran pocas. ¡A mí me da eso una grima!...

—Pues mamá, si lo tenemos en la masa de la sangre, quien menos debe asustarse somos nosotros.

—Hombre... lo tenemos y no lo tenemos —replicó con su ilógico tesón—. Quien sacó aquí cara de judío es tu tío Felipe, y a él es a quien se le ha transmitido el mal. La prueba es que yo nunca tuve aprensión de padecerlo, ni de que lo padecieses tú.

—Y entonces —argüí—, ¿por qué te empeñas en que ahora aislemos al tío, si no hemos de contraer la enfermedad?

—¡Pamplina! —gritó tercamente—. El cuidado no sobra. Lo primero, el número uno. Él que se arregle. Bien rico es: no le faltarán enfermeros ni médicos.

—¿No queda duda?

—¡Duda! ¡He visto la úlcera!... ¡Esta mañana tenía la ropa interior pegada al cuerpo!

—¿Y él... sospecha?...