—Vergüenza ni mancha, no —protesté—. ¿Qué culpa tiene nadie de sus padecimientos? El estar enfermo no es afrenta —respondí mientras en mis adentros una contrariedad involuntaria me desmentía.

—¡Qué ideas tan disparatadas traéis de Madrid! —porfió mi madre—. ¿No te parece vergüenza ser de familia de judíos y de lazarados? Hay cosas que da risa oírlas. ¡Sois más extravagantes! Vergüenza y grandísima; y si se corriese por ahí, te perjudicaría para casarte hoy o mañana. Tú erre que es erisipela, y de ahí no me sales. Pero yo quise decírtelo, primero por desahogar, segundo para que vivas avisado, y además para que me aconsejes lo que hacemos.

—¿Lo que hacemos? —repetí sin comprender el alcance de la pregunta.

—¡Pues claro! —repuso mamá sorprendida—. ¿Crees que me voy a quedar con la lepra en casa, así tan fresca y tan conforme? ¿Crees que voy a exponerme a que se nos pegue? ¡Cualquier día! Desde que me he convencido de que la cosa es lo que suponía no sosiego; les dejaría campando en la Ullosa y me largaría yo a donde Cristo dio las tres voces, contigo por supuesto.

—¡Pero eso es una inhumanidad! —objeté alarmado—. ¡Dejar a Carmiña sola con el marido, en semejantes circunstancias! ¿Usted no conoce que no puede ser?

—¿Que no puede ser? —contestó admiradísima—. ¿Y por qué? ¿Qué obligación tengo yo de aguantar a Felipe ahora? Su mujer es su mujer; que le asista, que para eso le tomó por marido; ¿pero nosotros? ¿Me haces el favor de decirme a qué santo le habíamos de sufrir? ¿Qué le debemos? Nos ha despojado, nos ha robado...

—¡Chist!... No levante usted la voz... —pronuncié en tono suplicante, echándome de la cama y buscando mis zapatos y mis calcetines.

—Me ha robado lo mejor de mi legítima; como es la pura verdad, no hay por qué ocultarlo —arguyó mi madre, a quien el pavor de la repugnante enfermedad hacía perder toda noción de prudencia, y hasta olvidarse de su propio interés—. Me ha dejado en cueros, bien sabes que te lo he dicho, y lo que le sucede es castigo de Dios; ya te anuncié que el día menos pensado le caería sobre la cabeza.

—Mamá —respondí metiéndome en el pantalón—: no sabes lo que me fastidia oír disparates. ¿Conque Dios anda vara en mano sacudiendo a los que a ti te molestan?

—¡Disparates los tuyos! —replicó ella intrépidamente—. ¿Conque Dios no premia ni castiga? ¿Conque Dios no les da a los pícaros su merecido, aquí en este mundo y en el otro? ¿Conque cualquiera puede hacer lo que se le antoje, quitar el pan al huérfano y a la viuda, y Dios no se entera? Salustiño, yo no sé tanto como tú, ni he estudiado, ni leo libros; pero ciertas cosas las entiendo lo mismo que los sabios... ¡y pobres de nosotros si se precisase mucha sabiduría para entenderlas!