—Tu tío —dijo enérgica y rápidamente— ha pasado la noche con calentura y dolores; cree que tiene un ataque de erisipela, una inflamación de la sangre...

—Bien, ¿y?...

—¡Y lo que tiene es el mal de San Lázaro!... —articuló mi madre, con los ojos dilatados de horror.

XV

—¿El mal de San Lázaro? —repetí sin comprender aún claramente el sentido de la tremenda palabra.

—Bueno, la lepra —respondió emitiendo la voz entre sus dientes apretados y con una expresión que no cabe imitar.

La revelación produjo su natural efecto. Mudo yo de estupor en los primeros instantes, y silenciosa ella para dejar que me penetrase bien de la trascendencia de la noticia, nos mirábamos de hito en hito, y a fuerza de ocurrírsenos un tropel de ideas no formulábamos ninguna. Mi madre fue la primera a recobrar la palabra, y con el acento dramático de la mujer del pueblo que narra un asesinato de que ha sido testigo presencial, dio salida al torrente de sus impresiones.

—Te juro que es lepra, tan cierto como que tu padre está en la sepultura. Ya me lo tenía yo tragado hace tiempo. No creas que me coge de susto. Pero estas cosas siempre afectan, cuando uno las ve así. Felipe es el vivo retrato de la abuela... y la abuela murió lazarada también. ¿No te decía yo que Dios es muy justo y no deja sin castigo las fechorías?

—¡Mamá, está usted loca! —exclamé interrumpiéndola—. No puede ser; ese mal ya no existe; es una enfermedad de otros tiempos, de allá de la Edad Media, y ahora ni se ve ni se sabe que la padezca ninguno. Son desvaríos; vamos, que no.

—¿Que nadie la tiene? ¿Que no la padece nadie? —prorrumpió mamá con furia—. Sí, fíate en Dios y no corras... En Marín te enseñaría yo más de cinco pobretes leprosos; y esos no la ocultan. Lo que sucede es que en los señores siempre se llama erisipela o humor herpético. Ni en el potro confiesan la verdad: ¡buena gana! Y nosotros debemos hacer lo mismo, porque es una mancha muy grande para la familia y una vergüenza horrorosa.