Sin duda a causa de la antipatía que me inspiraba el paciente, se me figuró muy repugnante el aspecto de las ampollas, y me costó algún esfuerzo fijar en ellas los ojos. Ofrecime a ir en persona a Cebre y traer al médico si hacía falta.

—No —contestó mi tío—. Voy yo a Pontevedra, ida por vuelta, a consultar a Saúco, que está allí, según he visto en los periódicos. Pero se me figura que no hay necesidad. Con un poco de agua de vejeto... Hice una imprudencia en exponerme al sol de justicia de esta mañana. Tu madre se moría si no me enseñaba la viña nueva. Además está uno desazonado, porque aquella gente... En fin, cuestión de refrescos. Irritación y nada más.

No se volvió a hablar aquel día del padecimiento. Ni yo pensaba en él, dedicándome a estudiar en el rostro de Carmiña los efectos de la revelación contenida en el artículo de La Aurora. ¡Ah! Se veían tan patentes como si los hubiese escrito un dedo de fuego en su fisonomía. El esfuerzo para querer a su marido era inútil; el desvío instintivo se sobreponía ya, la naturaleza recobraba sus derechos, y al contacto del deicida estremecíase profundamente la cristiana...

A la mañana siguiente se me pegaron a mí las sábanas. Me habían desvelado toda la noche mis sugestiones de pasión y de odio, mis livianos pensamientos y la desazón de girar en aquella especie de círculo vicioso o devaneo estéril en que consumía mis mejores años, la savia de mi cerebro, y las fuerzas de mi alma. Mientras corrían las horas nocturnas, yo cavilaba si no sería mejor hacer de una vez algo, malo o bueno, disparatado o razonable, pero decisivo; algo que pusiese fin a la situación ambigua y casi tonta de enamorado platónico; algo, en suma, que me desentumeciese y resolviese el problema, aunque fuese echándolo todo a rodar. Fluctuando así pasé, lo repito, de claro en claro la calurosa noche veraniega, y solo al amanecer concilié un sueño letárgico; de modo que a cosa de las diez aún no me había rebullido. Desperté sobresaltado al oír que entraba en mi dormitorio una persona que abrió de golpe las maderas, arrojando sobre mis ojos y mi cara un torrente de luz solar y exclamando en el tono con que gritaría «¡Fuego!»

—¡Salustio, Salustio!

Abrí los párpados, aturdido todavía. Era mamá. Aunque embargado por el sueño, presentí o adiviné que algo grave ocasionaba su entrada en mi cuarto a deshora. Me froté los ojos, me estiré, moví la cabeza y vi que el rostro de mamá expresaba un sentimiento mixto: sorpresa, miedo, espanto y cierta satisfacción misteriosa... Se inclinó sobre mi cama y soltó estas palabras:

—¿Sabes qué ocurre? Salustio... ¿sabes?

—¿Qué? No... ¿cómo he de saber? Carmiña...

—¡Carmiña! Sí, ¡buena Carmiña te dé Dios! Tu tío...

—¿Ha reñido con ella?... ¿La?...