Lo sombrío del establo no me permitía ver bien a mi interlocutora, y me alentaba a pronunciar palabras atrevidas. Seguramente iba a deslizarme, cuando entró, sudoroso y limpiándose la frente con la manga, un gañán, el mozo de labranza de mi madre, que nos presentó, muy envueltas en un pañuelo de algodón para que no se manchasen los sobres, diez o doce cartas y unos cuantos periódicos. Salí a la luz, miré los sobres uno por uno, y como todos venían dirigidos a mi tío, se los entregué a Carmiña. Los periódicos iba a guardármelos; pero viendo entre ellos dos números de La Aurora, les quité la faja en un santiamén y busqué en el texto algo que se refiriese a nuestras recientes tragedias, recelando encontrar alusiones a la precipitada marcha, que bien podía parecer cobarde fuga, y en efecto lo era, por parte de mi tío al menos. Lo primero con que tropezaron mis ojos fue un artículo titulado: «Retirada vergonzosa.» En él ponían a mi tío de vuelta y media por haber tomado las de Villadiego. Y en el número siguiente, otro artículo, cuyo encabezado y contexto me parecieron harto más graves. Rezaba el epígrafe: «Los hijos de Israel, o un trozo de historia retrospectiva»; y allí, exhibido con lujo de erudición —robada sin duda a la cobarde complacencia de D. Wenceslao Viñal—, se hacía la descripción física de mi tío, relacionándola con su origen judaico; se hablaba de los judaizantes castigados por la Inquisición, sobre todo del azotado Juan Manuel Cardoso Muiño; se daba vaya a los «aristócratas» que mezclaban su sangre con una sangre tan impura, y se establecía cierto paralelo entre la procedencia y las mañas de don Felipe, el cual, no pudiendo prestar a usura como sus abuelos, se dedicaba a chupar la sangre de la provincia. El artículo, aunque lleno de procacidad e insolencia, revelaba maña para eludir la denuncia ante los Tribunales, sin dejar por eso de mortificar, herir y levantar roncha. No sé por qué, al arrugarlo con involuntaria ira, me atravesó la mente este pensamiento: «¿Sabrá ella que está casada con un judío?» Creo que me sugirió tan mala idea la familiar palabra judiada, empleada por la tití para calificar el hecho de separar al ternerillo de su madre. Ni siquiera reflexioné que si mi tío era hebreo, me alcanzaba a mí la mancha de familia: y tendiendo a la tití el periódico, la dije:

—Carmiña, lee. Mira a dónde llegan los rencores políticos.

Se asomó también a la puerta del establo, y leyó. La observé entre tanto. Sin duda la lectura confirmaba presentimientos antiguos, repugnancias indefinibles hasta entonces, estremecimientos del alma que no podían justificarse por ninguna razón positiva. La aversión quedaba explicada ya. Aquella cara de judío no la dibujaba la imaginación antojadiza; su marido parecía un sayón... porque lo era; y el horror instintivo acertaba más que los razonamientos.

Devolviome el periódico sin pronunciar palabra, y subiendo la escalera, se encerró en su cuarto con llave.

Mamá y mi tío regresaron pronto. Comimos y hasta dormimos un rato de siesta, pues en el vallecito de la Ullosa, encerrado entre colinas, el calor, en las horas meridianas, era intolerable. A eso de las cuatro vino mi tío a llamar a mi puerta, y entró en el cuarto, diciéndome:

—Salustio... ¿Conoces tú por aquí cerca algún médico formal y que sepa su obligación?

—¿Aquí cerca? —respondí—. El de Cebre no es malo; es un hombre estudioso y que se toma interés por los enfermos... Una vez asistió a mamá en unas anginas. Pero... ¿qué sucede? ¿Está indispuesta... mi tía?

—No... ¿Qué distancia hay hasta Cebre?

—Hay tres leguas que andar, lo menos. No importa; enviaremos al criado.

—¡Bah! —respondió—. No merece la pena. Iré a Pontevedra... es preferible. Lo que tengo no vale nada probablemente. Por la mañana tomamos una ración de sol más que regular; yo traía ya la sangre quemada con los belenes de estos días... y creo que se me ha arrebatado la erisipela un poco. Se me han formado ampollitas... ¿ves? —añadió remangándose el puño de la camisa y enseñando su brazo velludo—. Luego reventarán... El soleado es dañosísimo para esto de los humores.