—¡Ya se ve!... Y creerán la verdad pura —corfirmó mi implacable mamá.

Al día siguiente salió en el coche de línea, dejándome a mí el encargo de acompañar a los tíos en la carretela. Protesté, aunque la comisión me sabía a gloria: pero, al advertirme que era encargo expreso de Felipe, dejeme convencer, y a las seis de la mañana me vi encerrado en la extrecha cárcel de un cajón sustentado en cuatro ruedas, frente a la mujer querida, respirando su atmósfera y sintiendo por vez primera, desde el famoso vals del Tejo, un año hacía ya, el contacto de sus finos piececitos y de su cuerpo delicado; contacto que me haría olvidar toda moderación, si el recelo de ofenderla no me sirviese de poderoso freno...

A medida que apretaba el calor y el polvo de la carretera subía en ráfagas turbias, metiéndose por las ventanillas del carruaje, mi tío acometido de sueño o de modorra, recostó la cabeza en el rincón, y cerró los párpados. El sol, colándose al través de las cortinas de percal, introducía, por donde estas no ajustaban, una flecha de luz, que bañaba el rostro del hebreo —donde se advertía cierta demacración— y su cuello, salpicado de placas rojizas. Así adormecido, con los ojos cerrados y algo retraídos hacia el cráneo, la boca apretada y las ventanas de la nariz llenas de transparente sombra, parecía un cadáver, y por vez primera se fijó mi pensamiento en la hipótesis de la muerte natural de aquel hombre, único obstáculo a mi dicha. «Está enfermo en realidad: se me figura que lo que tiene es serio. Ha cambiado mucho, ahora lo noto. Su tipo era sanguíneo y fuerte, mientras que en la actualidad...» Y después de volver a mirarle yo discurría: «No lo puedo sentir. Si se muere, digo que la acierta, dejando a su mujer en libertad y a mí a la puerta del cielo.»

No sé si Carmen interpretó la expresión de mi rostro: lo cierto es que me miró de un modo raro e indefinible, llevando los ojos de su marido a mí, y de mí a su marido. La conversación se arrastraba: apenas trocábamos contadas frases, adormilados y enervados por el calor y el polvo, mecidos por el carranqueo del coche, que casi no movían los jacos rendidos de otros viajes y agobiados de tábanos y moscas. Abanicábase mi tití, y la brisa que levantaba su abanico enfriaba el sudor en mis sienes, causándome una sensación deliciosa...

Llegamos a mis dominios a las tres, exhaustos de fatiga, como si hubiésemos hecho a pie la jornada. Mi madre nos esperaba ya y tenía preparados refrescos, leche, fruta. La tarde la pasamos gratamente fuera de casa, Carmiña de bata de percal y sombrerón de paja tosca, divirtiéndose mucho con el gallinero y los establos —pues en mi humilde casita patrimonial no existían jardines, aunque pegados a la tapia crecían rosales, celindas y geranios, flores vulgares con que armé un ramillete para obsequiar a la tití—. El reposo después de la molestia del viaje; la serenidad de la naturaleza, que siempre se comunica al espíritu; la libertad y amenidad del campo, prestaban a Carmen un poco de animación, algo de carmín en las mejillas, y libertad de movimientos, infundida por la certeza de que nadie la atisbaba. Mi tío, quejándose de dolor en los huesos, se había tumbado en un sofá, y Carmen, mi madre y yo quedamos dueños de la huerta.

Aquella tarde, y también al otro día (el lugar, la ocasión y mis años explican, si no disculpan, el fenómeno), rompiose algún tanto la valla del respeto interior que ofrecía a Carmen en holocausto; hizo la sangre su oficio, y noté con terror que si antes me dominaba al tenerla próxima o encontrarme a solas con ella, ya el amor dantesco se revelaba vivo y humano, arraigado en las entrañas. Sentíame capaz de incurrir en desmanes, no solo indelicados sino odiosos, que me enajenasen para siempre una voluntad secretamente mía, y me abochornasen después. Me temía a mí mismo, como temen los propensos al suicidio acercarse a la boca de un abismo o sacar el cuerpo fuera por la barandilla de una torre. Me proponía vencerme en absoluto; pero no estaba seguro de conseguirlo, a menos que me ayudasen las circunstancias.

¡De qué horrible manera me ayudaron!

Al tercer día de nuestra estancia en la Ullosa, mi madre y mi tío salieron juntos con objeto de ver algunos sembrados y majuelos, orgullo de la cultivadora. Ambos iban de sombrero de paja y sombrillas de crudillo, forradas de verde. Yo me quedé leyendo y soñando, encendida la sangre con la idea de que Carmiña estaba a pocos pasos de mí, en la soledad de aquella casa, donde solo se oía el pesado zumbido de las moscas, y alguna que otra vez, a lo lejos, la orgullosa y retadora voz del gallo en el corral. El sol, el silencio, el misterio de las ventanas entornadas para procurar un poco de frescura, eran incentivos de mi imaginación, gotas de lava derramadas por mis venas. ¡Tenerla allí, tan cerca, y no cerciorarme de que positivamente me quería! Y el caso es que se me figuraba que si ella viniese y me diese de palabra, solo con una palabrita, el bálsamo consolador de la esperanza y de la promesa, aquel encendimiento y aquella inquietud dolorosa se desvanecerían en un soplo.

¿Dónde estaría? Encerrada en su cuarto de fijo, por no encontrarse conmigo a solas. En esto pensaba, cuando, prestando atención, oí su voz en el establo, a mis pies. Los establos, en la Ullosa, forman la planta baja, y encima dormimos los racionales, por lo cual mi madre sostiene que no existe en el mundo mansión que reúna tales condiciones de salubridad. Atendí a la voz, que pronunciaba cariñosos adjetivos en dialecto, palabras tiernas: no tardé en comprender que iban dirigidas al recental, cría de la vaca. La madre había salido sin duda a pastar al monte, y el ternerillo, solo en la cuadra, mugía saudosamente, a pesar de decirle mi tía tantas cosas dulces, y de ofrecerle pan. Dudé al pronto, pero por fin descendí al establo, y entre la media obscuridad que en semejantes sitios reina, divisé a Carmiña con su bata de percal, remangada de brazos y presentando al becerro un puñado de hierba tierna y húmeda. El gracioso animal sacaba su hocico tibio y sedoso, pasándole a mi tía por las manos la áspera lengua, mojándolas de baba clara y pura como la de un niño. Sus ojos nos miraban cándidos y asombrados; sus doradas orejillas cortas se empinaban sobre su infantil testuz. Era imposible no deleitarse con tan gentil y precioso bicho, y la tití me lo dijo en cuanto me acerqué.

—¡Cosa más mona!... Tráele hierba, verás cómo se la zampa... Te digo que es una judiada dejarlo solito. ¡Pobriño... anda, come, bobo, come!