¡Divina Peregrina, y cómo vino al día siguiente la buena de La Aurora! Sueltos embozados y misteriosos; otros que se clareaban; un largo artículo titulado Manos ocultas; unos versos macarrónicos que ocupaban casi toda la tercera plana; el número entero, en fin; consagrado a demostrar esta palmaria verdad: que mi tío Felipe Unceta tenía a sueldo un ejército de espadachines, entre los cuales figuraban, en primera línea, su sobrino y el director de El Teucrense; que con este ejército aterrorizaba y cohibía y ahogaba la voz de la prensa imparcial; pero que no le valdría la treta, porque ellos (los de La Aurora) estaban determinados a irse al bulto y a no entretenerse con espantapájaros y testaferros, imponiendo severo correctivo al que se escondía cobardemente detrás de sus mesnadas, pues ya encontrarían modo de llegar hasta su inviolable persona. Mezcladas con estas indirectas del Padre Cobos venían otras no menos ofensivas; salían por centésima vez los solares, con lujo de pormenores aún inéditos, y se hablaba de ciertos incidentes ocurridos en el baile entre un suegro y un yerno, una hijastra y una madrastra, incidentes que habían procurado el donoso espectáculo de una reconciliación de familia, hecha en público por la esposa sin anuencia del esposo.
Con el periódico en el bolsillo salí a pasear mi berrinche. Echando mano de toda la filosofía que tengo de reserva, pensaba para mi sayo: «¿Qué se hace aquí? ¿Sentarles la mano de verdad, o mandarles al cuerno? Delibera, Salustio. Comprendo que te molesten algo ciertas estupideces, que te indigne la mala fe de presentarte como un seide de tu tío, una especie de sicario asalariado para tirar tazas de café hirviendo a la cara de sus adversarios políticos. Pero reflexiona y hazte cargo de una cosa, que te refrescará la sangre, impidiéndote cometer las barbaridades que se te ocurren. El razonamiento a que debes atender para calmarte, no tiene vuelta de hoja. La Aurora no se lee fuera de aquí, y aquí todo el mundo sabe cómo las cosas han pasado: luego ni aquí ni fuera puede perjudicarte. A quien perjudicará unas miajas será a tu tío y a su prestigio político. Supongo que dirás que por ahí te las den todas.»
Con estas reflexiones me aplaqué. Sin embargo, dediqué la tarde a pasear los sitios más públicos, a fin de que no dijesen que me escondía, y puedo asegurar que por ningún punto del horizonte vi rastro de Rivas Moure ni de otras gentes de su calaña. A pesar de que duraba aún la tornafiesta de la peregrina, ellos se habían retirado huyendo del mundanal ruido.
Al recogerme a casa para cenar, encontré a mi madre agitadísima: hasta me esperaba en la escalera para desahogar más pronto.
—¿No sabes? —dijo precipitadamente—. Todo se vuelve líos. Ahora vamos a tener huéspedes en la Ullosa. Yo salgo para allá mañana en el coche de la tarde, y ellos pasado en una carretela que alquilan. ¡Bonito jaleo se me prepara! Y me parece que allá no tengo azúcar, y que se me acabó todo el dulce de pera. No sé cómo voy a salir del compromiso. Solo esto me faltaba: encontrarme con tu tío y su mujer a cuestas...
—¿Cómo? —pregunté no menos alterado que mi madre—. ¿Dice usted que mi tío y su mujer se van a la Ullosa? ¿Pero por qué? ¿Qué novedades son esas? ¿Usted les convidó?
—¿Convidarles? Chiquillo, ¿qué dices? ¿Qué novedades han de ser? Canguelo... cerotipia... o como le llaméis al miedo, para no llamarle por su verdadero nombre. Está Felipe que no le llega la camisa al cuerpo con lo que decía ayer La Aurora y con todos los belenes de estos días atrás. A mi modo de ver, recela que los de Dochán se propongan inutilizarle o matarle, para que no les haga sombra. Está con esa aprensión que no ve por dónde pisa.
—¿Pero se lo ha dicho a usted?
—¡Hombre! no; él le echa la culpa a la enfermedad, y dale con que los médicos le mandan respirar aires de campo...; y como al Tejo no quiere ir, porque no le da la gana de hacer las paces con el suegro, mira por cuánto me cae a mí la pejiguera...
—¡Mamá!, ¿qué importa? —contesté afanosamente—. Ya les obsequiaremos lo mejor que se pueda. Cierto que no es muy airoso para mi tío largarse ahora. Creerán que está muerto de miedo...