—Sí... pero ¿y el bastonazo? —pregunté encarándome con Rivas Moure.

—Aquí somos gente formal —interrumpió Dochán—. No atribuimos importancia a lo que carece de ella... Un acaloramiento... Cuando asiste uno a bailes y fiestas y pasa algún rato en el buffet... Usted comprende... Por lo demás...

—Bueno, pues que conste en el acta la borrachera del señor redactor —indicó Castro Mera, que, ya envalentonado por el giro que tomaba la cosa, se permitía hasta decir chistes...

—¿Y qué es lo que iban ustedes a hacer además de dar en el acto las satisfacciones más cumplidas?

—Pues además... queríamos decir a ustedes... que de hoy en adelante La Aurora no... vamos, que guardará consideraciones... a El Teucrense... y... y a su director... Porque es realmente aflictivo que en el estadio de la prensa se realicen esos pugilatos... La prensa, en cumplimiento de... de su misión sagrada... debe marchar unánime, gestionando los intereses vitales de la región... Duele presenciar ciertos espectáculos.

—Vamos —dije a media voz, pero no tanto que no pudiese oírlo Rivas Moure—. De ayer a hoy han descubierto que la misión de la prensa... ¡Botarates! Gato escaldado...

Extendió el acta Castro Mera, con todas aquellas retractaciones y satisfacciones que pudiésemos desear; firmáronla por su apadrinado ellos, y por el nuestro nosotros; y así que la doblamos y la guardó Castro Mera en su bolsillo, reinó embarazoso silencio, hasta que lo rompió Dochán, proponiendo que nos fuésemos al café a solemnizar el fausto desenlace de tan enojoso asunto. Aceptamos, y nos instalamos ante una mesa donde el camarero depositó inmediatamente el servicio de café y la clásica garrafita de coñac. Fundiose el hielo y la conversación se hizo animada. Los padrinos de La Aurora estaban indudablemente satisfechos, por la terminación, si no muy gloriosa, al menos bien pacífica del lance, y hasta se permitían bromear con nosotros y manifestar una cordialidad que parecía anuncio de próxima reconciliación entre los partidos dochanista y uncetista. Aquella era la ocasión que espiaba yo para extraerme la hiel del cuerpo. Rompiendo el mutismo que guardaba y dejando mi café intacto, me puse de pie y dije lo más alto que pude:

—Señor Rivas Moure... usted creía sin duda que al sentarme aquí era con ánimo de tomar café en su compañía. Pues estaba equivocado, muy equivocado. Lo que yo buscaba era coyuntura favorable de decirle a usted que no tomo ¡ni gloria! con los cobardes que apalean a traición.

Y sin añadir palabra más, cogí la taza del café abrasando, y la arrojé contra la cara de Rivas, donde se estrelló, poniéndole de perlas. Alzose un tumulto; se interpusieron; Castro Mera me sacó de allí... y a poco oía un regular sermón de mi madre, trémula de susto y de indignación contra «ese pillete de Rivas, que ya el año pasado engañó a una muchacha, y la plantó, con un chiquillo en el vientre».

XIV