A medida que yo hablaba, el semblante irónico y cauteloso de Dochán se oscurecía, y Rivas Moure, que tenía un hociquito de comadreja, exangüe y mal barbado, fijaba con azoramiento las pupilas en la punta de sus botas, no atreviéndose a levantar la consternada faz. Por último rompieron el silencio, se resolvieron a mirarse, y puestos de acuerdo con aquella ojeada, Dochán articuló:
—Lo que ustedes proponen... no se han fijado ustedes bien... Yo no puedo aceptar responsabilidades gravísimas. Vivimos en una época y en un país civilizado...
—Pues a veces parece mentira, y si no que lo diga el Sr. Rivas Moure —contesté volviéndome hacia el catedrático suplente, el cual torció la cabeza y se puso verdoso.
—En fin, nosotros... —balbuceó Dochán.
—Nuestro deber es impedir una escena cruenta... un día de luto...
—El duelo es inmoral —añadió sentenciosamente Dochán, levantando un dedo corto y peludo.
—Lo inmoral, Sr. Dochán —respondí muy despacio, recalcando las sílabas—, es que nuestras costumbres políticas se hayan rebajado tanto, que forme parte de ellas el insulto, el apaleamiento y la agresión traicionera, sin que nadie proteste con un acto digno. El señor director de El Teucrense ha sido agredido de la manera más vil, cuando ni tenía medios de defensa ni amigos que le guardasen las espaldas; y bastante hace al admitir una satisfacción en el terreno que pisan los caballeros, pues estaría en su derecho si, imitando y llevando a la perfección los procedimientos de su adversario, le clavase una bala en la sien, donde quiera que lo encontrase. Conste así, y ruego a ustedes que tomen este asunto con toda la seriedad que exigimos. Esperamos pronta respuesta, y volveremos a recogerla a las cuatro de la tarde.
Castro Mera y yo salimos de allí disputando. El abogado estaba atónito de mi ardimiento, y a la vez alarmadísimo, temiendo que los otros se las tendrían tiesas.
—Amigo Castro —le dije—, esta tarde, a las cuatro y media, redactará usted un modelo de acta que dará las doce. Esa gente es tan osada y cínica como blanca de sangre. Capaces de atacar por la espalda cuando van en mayor número, no lo son de ponerse en un lance uno a uno ante el cañón de una pistola. Solo pido de plazo hasta las cuatro y media. Estoy tan seguro del resultado que no apuesto, porque sería, en puridad, robarle a usted los cuartos.
Realizáronse completamente mis vaticinios. A la tarde, Dochán y Rivas Moure, hechos un caramelo de puro corteses, nos ofrecieron todo género de satisfacciones, jurando que solo la exagerada caballerosidad y delicadeza de su apadrinado había sido causa de una mala inteligencia, y de una provocación que, en su entender, «no procedía». No solamente el redactor jefe de La Aurora, señor Requena, da a ustedes las satisfacciones más cumplidas...