Salimos, en efecto, juntos, no sin que yo, por lo que potest contingere, me hubiese provisto de un recio palo de tojo, cortado en mi monte patrimonial de la Ullosa, y capaz de dar mucho juego, manejado con arte. El director del Teucrense, siguiendo mis consejos, iba engallado y firme, aunque no tan provocativo y matón como yo le quisiera. Al acercarse a la esquina por donde había que torcer para pasar ante la redacción de La Aurora, mostró olvidarse de lo convenido, e inclinarse a echar por el camino más corto; pero no lo sufrí, y girando resueltamente hacia la izquierda, me metí por la calle que nos conducía a la misma boca del lobo, a la temida redacción... «Ánimo. Nada de prisas. Nada de torcer la cabeza.», deslicé al oído de mi apadrinado. No me engañaba al presumir que serían notados nuestros menores pasos y movimientos. Detrás de los cristales de las vidrieras había curiosos ojos, oídos que pretendían sorprender algún fragmento de nuestra conversación, lenguas, que comentaban nuestra actitud, y particularmente la del periodista. La imprenta de La Aurora, a planta baja, estaba entreabierta: allá en el fondo se veía la máquina, los galerines con la composición, y dos o tres hombres de blusa que rodeaban a un individuo de americana, en quien reconocimos al punto al famoso Requenita, iniciador de la zambra del Casino.
—Ahora se nos echan encima —murmuró el de El Teucrense apretándome el codo.
—Haga usted como yo —respondí—; mire usted para dentro frunciendo mucho las cejas.
Hízolo así; Requenita, fingiendo no habernos visto, se internó en las profundidades de la redacción: nadie asomó, ni ganas, y en paz y en gracia de Dios llegamos al portal de Castro Mera.
Nos recibió el diputado provincial de babuchas blancas y en mangas de camisa; también él acababa de salir de la cama en aquel momento y se disponía a rasurarse.
Apenas enterado del objeto de nuestra visita noté con sorpresa que estaba tan aturrullado y receloso, como si a él mismo, y no al periodista, tocase cruzar el hierro. Al verle que se le podía recoger con cucharilla, comprendí la necesidad de que yo me atribuyese facultades dictatoriales.
—Déjenme ustedes a mí —les dije—. Respondo de lo que ocurra. En último caso, me bato por el señor. Pero pierdan cuidado, que no llegará la sangre al río. Todo esto de los desafíos es guagua. No sé a qué viene tenerlos tanto asco, si al fin nunca vemos enterrar a ningún individuo muerto en un lance de honor. Esta madrugada corrimos más peligro con los garrotes de esos mamarrachos. ¿Quiere usted quedar bien, sí o no? Pues denme plenos poderes y facultades omnímodas. Usted, señor director, ya no nos hace maldita la falta. Se va usted a su redacción, o a su casa, o a donde se le antoje, y escribe usted para el número de mañana un artículo que en sustancia diga esto: «Los barateros y rufianes que se reúnen en número de cinco para agredir a dos personas inermes, son víctimas de un caso fulminante de canguelitis cuando las cosas se formalizan y se llevan al terreno del honor.» Como al partido de ustedes lo que más le conviene es inutilizar a Dochán; aluda usted claramente a Dochán mismo, y asegure que sus seides forman la nueva cuadrilla de apaleadores. Esta tarde leeremos el artículo y le daré el vistobueno. Lo demás corre de mi cuenta.
Recuerdo que Castro Mera me dio un golpecito en la espalda, murmurando:
—¡Chico listo! Veo que conoce usted la brújula... Sostener al tío contra viento y marea... ¡Soberbio! No tiene Dochán un segundo por el estilo.
Llevé aquel negocio militarmente. Castro Mera y yo nos personamos en casa de Dochán, sin aguardar a que él viniese a buscarnos y sospechase que huíamos de la quema. Un tanto sorprendido por lo enérgico de nuestra actitud, el jefe de los enemigos de mi tío hizo llamar a Rivas Moure, que entró en la sala cabizbajo y nos saludó sin mirarnos a la cara. Le medí desde el primer instante con ojeada despreciativa, afectando dirigir la conversación a Dochán exclusivamente. Mi arenga se dividió en tres puntos: primero, que sentíamos que los señores de La Aurora se nos hubiesen adelantado, porque desde la emboscada del Casino, nuestro apadrinado deseaba encontrar alguien en quien castigar debidamente la indigna agresión; segundo, que siendo el ofendido el director de El Teucrense, entendía que el duelo durase hasta quedar inutilizado uno de los combatientes; tercero, que no podía contentarse con un palito más, dado con la hoja de un sable sin filo, sino que exigía la pistola, a veinte pasos, avanzando, hasta conseguir «sus propósitos».