—Si te vas tú, yo también quiero irme: Román, marchémonos en seguida.
Y, en efecto, las dos señoras tomaron a un tiempo sus abrigos, y solo en la calle se separaron, dirigiéndose a sus respectivas casas.
El que tenga la paciencia de leerme puede juzgar de la marejada que en el baile se produjo. Donde se desató más tempestuosa fue en el bando de Dochán. Formose un círculo, en que un redactor de La Aurora, Requenita, comentaba durísimamente la acción de sacar a la señora de Unceta del baile, escurriéndose desde ese terreno al de las apreciaciones sobre la conducta política y privada de mi tío. Por allí cerca andaba el director de El Teucrense, que replicó de manera insultante, diciendo que al menos el mobiliario de mi tío no era adquirido por ninguna corporación, y disparando luego contra el mismo Requenita, con alusiones a los fondos de cierta suscripción, que habían dado fondo en el fondo del bolsillo del redactor de La Aurora. La disputa paró en una especie de reto. «Ahí fuera me lo dirá usted, si quiere», contestó Requenita a la provocación más directa de su adversario. Intervinimos, les calmamos, y al parecer quedó arreglado todo.
A eso de las cinco de la madrugada, que es tanto como decir que era día claro, salíamos juntos del Casino el director de El Teucrense y yo. Habíamos cenado, y aturdidos por el sueño y unas copas de detestable seudo-Champaña, mirábamos con sorpresa, parpadeando la luz solar, cuando al poner el pie en la calle se arrojaron sobre nosotros cuatro o cinco individuos, vociferando interjecciones. Eran los de la turbia La Aurora periodística. Nos amanecía a palos. Venían armados de garrotes, y el primer lampreazo cayó, sonoro y magnífico, sobre las espaldas del director de El Teucrense, que retrocedió, pálido de susto, gritando: «¡Indecentes... canallas!» El siguiente fue para mí, y me alcanzó en el sombrero, que por fortuna resguardó mi cabeza. Pero segundaron, y sentí el golpe en la mano, tan doloroso, que encendió mi furia, y en vez de pedir auxilio, me arrojé sobre el que acababa de herirme, le desarmé, y con su propio bastón le perseguí, sin conseguir pegarle, porque apeló a la fuga. A todo esto ya se habían reunido varios rezagados del baile, con esa prontitud que tienen las gentes para enterarse de los acontecimientos y acudir a su teatro. Levantaron del suelo al del Teucrense, que se quejaba de puntapies y pisotones, amén de los bastonazos; y a mí también quisieron acudirme con remedios farmacéuticos y caseros, éter, agua, vinagre. Mi juvenil orgullo se rebeló. Protesté. «Si no tengo nada. Total un palo en la mano. ¿Ven ustedes? No hay hueso roto. La manejo bien.» La agresión había sido tan imprevista, que yo no sabía el nombre de mi apaleador. «Se llama Rivas Moure. Es uno que por influencias de Dochán desempeña interinamente una cátedra del Instituto.» Sin querer, y como si masticase alguna cosa pesada e indigesta, al retirarme a mi casa iba murmurando: «Rivas Moure, Rivas Moure.» La mano me escocía. Por fortuna era la izquierda.
XIII
Y digo por fortuna, porque, a la verdad, el ser apaleado e inutilizado a causa y en defensa de mi tío me parecía la mayor primada del mundo. Era indudable que en concepto de sobrino de don Felipe Unceta me habían pegado, y esta injusticia de la suerte me envenenaba la sangre. Hasta entonces, en diferentes camorras con compañeros, yo había vapuleado sin recibir. Ahora me zurraban a traición, y el palo a mi tío iba dirigido moralmente; pero al fin daba en mi cuerpo. ¡Rayos y truenos! En mi interior repetía: «Rivas Moure... ¡Ah! Yo te pillaré.»
Hubiese dedicado a esta caza el día, si la casualidad no lo dispusiese de otro modo, quizá más oportuno y conducente a mis planes. Presentose en mi casa azoradísimo, a cosa de las once, cuando aún tenía yo la mano envuelta en paños de árnica, el director de El Teucrense, descolorido y desencajado, y en pocas palabras me enteró de que le ocurría un lance... un lance serio, comprometidísimo: y era que La Aurora, sobre haber lucido para él de tan desapacible modo, ahora, a las diez de la mañana, le había enviado dos padrinos, los señores Dochán y Rivas Moure cuya visita tenía por objeto buscar «solución honrosa» al conflicto provocado por la mañana a la salida del baile.
—De modo que —decía el pobre diablo, pues en el fondo no era otra cosa el director— aquí me tiene usted, después de que me han agredido brutalmente, metido de cabeza nada menos que en un desafío. ¡Le digo que nuestra misión es una serie de amarguras! Un desafío... Yo había pensado en usted para padrino: en usted y en don Felipe, si quisiese... pero de seguro no querrá... por lo cual, si le parece, iremos ahora a solicitar el concurso del señor Castro Mera. No, a mí no crea que me intimida el lance como lance... Solo que siempre son disgustos: tiene uno hermanas, familia a la cual se debe... y no agrada la idea de dejarla en el desamparo...
Me volví en la cama —estaba acostado— y solté la risa.
—Tranquilícese —contesté al bueno del director—. No dejará usted desamparadas a sus hermanas por ahora. Es más: si se guía usted por mí, y si Castro Mera me entiende y se adapta a mis instrucciones, le prometo que ni siquiera habrá lance. Voy a levantarme y saldremos reunidos. Usted hágame el favor de enderezar el cuerpo, de ladear el sombrero y de encender un puro y fumar con mucho garbo mientras andemos por esas calles de Dios. Porque esté seguro de que nos siguen los pasos y nos atisban. Al ir a casa de Castro Mera, daremos un rodeo para pasar por delante de la redacción de La Aurora... Que sí, hombre, que sí; que no saldrá nadie ni con junquillo. Respondo yo. ¡Ay!... Y por la calle... ni la palabra del objeto de nuestra correría. Procuraremos hablar alto, y de cosas indiferentes: de Os Turrichaos, del frac de don Apolo Añejo, o de las chicas guapas, o de un rayo que las divida... pero del desafío, ni esto.