—Yo también, señora.

—¿Y el marido?

—¡Ay! ¡Unceta! Ese es más atravesado que Caín; va a armar la de pópulo, porque desde que se casó el suegro no quiere tratarle.

—¡Jesús! ¡A ver qué cara pone cuando vuelva del salón de descanso!...

—Mire usted con qué expansión le habla la hijastra a la madrastra...

Etcétera, etcétera.

Mi tía, en efecto, dirigía la palabra cariñosamente a Cándida, le hacía los honores y la presentaba a las demás señoras del grupo, quienes, comprendiendo la buena obra, se asociaban a ella por medio de sonrisas y atenciones. De común acuerdo manifestaron a Castro Mera cierta frialdad, y el tenorio provinciano cesó de revolotear alrededor del grupo. Entonces me acerqué yo. El señor de Aldao, asomándose a la puerta del salón, buscaba con la vista a su mujer, y esta radiante de orgullo, le hizo una seña, a que el viejo obedeció con cuanta agilidad permitían sus años, acercándose al diván. Si mi tití no se encontrase sobradamente recompensada de su acción generosa por la satisfacción de su conciencia, la daría mejor premio la alegría pueril que iluminó el rostro del viejo al encontrar a su mujer sentada allí, en medio de la crema de la sociedad. Entre la hija y el padre se entabló un diálogo en que nada significaban las palabras, y todo la expresión. Sobre la faz de Carmiña, coloreada por la excitación del suceso, creí ver escrita en caracteres de luz esta divisa: «Honrar padre y madre».

El reverso de la medalla fue la entrada de mi tío. No puedo expresar la transformación de su rostro judaico cuando, al regresar al salón, se dio cuenta de la gran novedad. Primero mostró no querer acercarse al diván; después cambió de propósito, y fue aproximándose lentamente. Ya al lado de su mujer, y haciendo que no veía a D. Román ni a Cándida, ordenó:

—Vámonos, que es tarde.

Carmiña no se arredró. Obediente hasta el fanatismo en tantas ocasiones, en alguna era insubordinada hasta la heroicidad. Púsose en pie, sin apresurarse nada; se despidió de su padre, de D. Apolo, de las señoras; y por último, echando a Cándida los brazos al cuello, la dijo no sé qué al oído. El efecto del secreteo fue tal, que la muchacha exclamó con decisión: