—Y me ratifico en ello.
—Pues yo insisto, Padrecito Moreno...; por ese camino no se va a ninguna parte. Mis ojos, mi juicio, mi inteligencia, que no me los ha dado Dios para adorno, sino para que me guíen y me sean útiles, gritan a voces lo contrario. Padre Moreno, no le molesto a usted más. Ahora me toca a mí: se ha acabado nuestra conversación.
—¡Eh! ¡Caramelo! —exclamó el Padre con uno de aquellos chispazos de vigor que revelaban al antiguo Aben Jusuf—. ¡Poquito a poco, que de Silvestre Moreno nadie se despide así! Fraile soy, a mucha honra y también hombre de vergüenza y de verdad. Le he dicho a usted que Carmiña ama a su marido... y usted me sale con que no le amaba. Fíjese en la gramática: hoy le ama... y el tiempo se encargará de probárselo a usted. Cuando se lo pruebe ¡naranjas! me debe usted una satisfacción. La de reconocer que ha sido bastante terco.
—Entonces... le han vuelto a Carmen el corazón del revés, como un guante.
—Exactamente. ¿Cree usted que no puede ser? ¡Vaya si puede, señor mío! Hace media hora que hablamos como cotorritas, y no nos entendemos, ni trazas, porque tampoco entendemos el mundo ni la vida de la misma manera. Usted cree que no hay en esto de las relaciones conyugales más que el capricho, la golosina de la imaginación, el frenesí de los sentidos... o una chifladura muy superfirolítica, de esas que se leen en los versos o se cantan en las óperas; y que si inspira cierta prevención un esposo robusto y sano, doble repugnancia ha de infundir el mismo esposo lleno de lacras, herido por la mano de Dios con un mal repugnante e inmundo. Pues ahí verá usted las consecuencias de ser pagano, como lo es usted por desgracia. La persona que tiene el alma disciplinada por el cristianismo, lejos de aborrecer el sufrimiento, ve en él la ley universal, la gran norma de la humanidad, que solo nace para sufrir y merecer otra vida mejor que esta. Me ha contado fray Zeferino González —porque yo no soy sabihondo, soy un pobre teólogo de misa y olla— que ahora los filósofos más de moda, aun entre ustedes mismos los racionalistas, reconocen esta verdad, y están conformes en que el mundo no es más que un abismo de dolor, y que hay un velo de ilusión que nos engaña, desfigurando la realidad. Pues la verdad que ahora, al cabo de los años mil, descubren los filósofos flamantes, la tenemos olvidada de puro sabida los cristianos. Al convencernos de que el dolor es la ley, y que nadie la elude, se nos desarrolla una virtud llamada caridad. Si a la caridad se añade la gracia, se nos inmuta el corazón, y amamos el sufrimiento, la enfermedad y la muerte. ¿Usted dice que el padecimiento del marido de Carmen es asqueroso? ¡Ya lo creo que lo es! No lo sabe usted bien... y si se acercase a asistirle, se me figura que toda la resolución de que hace usted alarde iba a llevársela el diablo. Bueno; pues en la Edad Media, ese mismo mal existía y abundaba, y era acaso más repugnante que hoy, porque no había para combatirlo tantos medios científicos como actualmente; tantos desinfectantes, verbigracia. Y las santas y los santos más grandes de la Iglesia estaban —permítame usted la frase— enamorados, lo que se dice enamorados, de los leprosos. Les daban los nombres más cariñosos y tiernos; les consideraban como a hijos o hermanos. Eso, saltará usted, es contra la naturaleza humana, que busca lo sano y lo bello, y rechaza lo que mortifica los sentidos. Pues ahí verá usted, ¡caramelo! Por eso le decía yo que no podíamos entendernos. Porque usted solo ve la naturaleza y lo terrenal, y yo veo lo sobrenatural, pero realísimo, puesto que en otros siglos se encontraba a cada paso, y en este todavía se encuentra.
—¿Y usted cree —pregunté sin darle crédito alguno— que a mi tía la ha herido esa gracia a que se refiere?
—¡Váyase usted al recaramelo! —profirió el fraile—. No sé a qué gasto saliva. No me entiende: estoy hablando en chino... La experiencia le enseñará.
—¿Vuelvo, señorito? —dijo el auriga, cuando toqué al vidrio del clarens.
—Sí; Claudio Coello... número tantos... ¿O quiere que le lleve a otro sitio, Padre?
—Si le es lo mismo, déjeme en la puerta de San Carlos... Y medite, que falta le hace.