XVII
La experiencia, sí... pero, ¿cómo adquirirla? Era dificilísimo ver despacio a tití, que salía poco del cuarto del enfermo. Resolví esperar al domingo, irme a pasarlo enterito a la casa, y estudiar la situación.
Conviene saber que Luis Portal, ya dueño de su diploma, pero no colocado todavía, no se había movido de Madrid, donde al llegar yo, le encontré... ¡oh asombro!, reñido, enteramente reñido con la inglesa.
—Pero, ¿cómo ha sido eso? —pregunté atónito—. ¡Si estabas hecho un arrope manchego! ¡Si no se te podía resistir!
—¡Ahí verás tú! —respondió el oportunista, colgándose de mi brazo y paseando conmigo, arriba y abajo, por el reducido cuartuco—. Eso te probará que soy todo un hombre, y no me dejo llevar de la fantasía, ni del capricho, ni de la pasión. Si tomases ejemplo de mí, mejor te fuera. A mí no me arrastra el corazón, o lo que sea, a cometer insensateces y a comprometer mi porvenir.
—Bueno; déjate de filosofías, y vengan detalles. ¿Por qué has tronado con tu Mo?
—¡Hijo!... Por trescientas mil cosas. Mejor dicho, no... solo por una... pero menudita. ¡Bagatela! La señorita Baldwin quería... ¡no se le ocurre ni al diablo!... quería casarse conmigo. Y no para más adelante, cuando yo abra mi surco... Ahorita, inmediatamente... Para irnos juntos a Ciudad Real, adonde estoy destinado.
—¡Hombre!... ¿Pues no decías que Mo no pensaba en casaca, y que era una mujer superior, y nueva y distinta de todo el género femenino?
Mi amigo me miró con sus ojos ardientes, hinchados y cercados de negras ojeras.
—Eso parecía... Cualquiera lo hubiese pensado... Pero, hijo... así que me vieron metido en harina, me echaron la red. Fue una conspiración sumamente curiosa, en que toda la familia Baldwin tomó parte. Dieron por hecho que nos casábamos: ya conoces el sistema. Los chiquitines me llamaban brother, la pastora me decía a veces: «Luis, hijo mío...» Abusaban de mí como si ya tuviese puesta la coyunda; me empleaban sin escrúpulo y sin duelo en sus obras de propaganda y evangelización, y quisiera que me vieses ocupado en corregir pruebas de un folleto titulado La gran crisis, donde se profetiza que el jueves 5 de marzo de 1896 serán arrebatados al cielo, sin morir, ¡ciento cuarenta y cuatro mil cristianos!