—¿Quiere usted un ponche?—preguntó al verle humilde y callado la baronesa, brindando al desfallecimiento moral un reparo físico. Vino el ponche—tres vasos, coronados de fina espuma amarillenta;—y bebido sosegadamente, retiróse la baronesa á cambiar de traje, y Minia se sentó ante el armonio fatigado, y dejó oir los primeros compases de una sonata de Beethoven. La acción de la música, al expresar para cada uno de los dos artistas la vida interior, les entreabrió un momento el cerrado horizonte de lo infinito. Todas las discusiones é incidentes de carácter práctico se olvidaron, cayeron á tierra,—gotas de agua embebidas por el polvo.—Eran las dos de la mañana; los ruidos de Madrid se habían extinguido; sólo alguna rodada de coches, apagada y distante, aumentaba la sensación de aislamiento y de seguridad para el ensueño. En el espíritu de Silvio reflejábanse entonces claramente las formas de un mundo invisible, y la corriente superficial de su existir adquiría profundidad, lo intenso y real del sentimiento exaltado. La aparición de la baronesa de Dumbría interrumpió la sonata y restituyó al artista á la insignificancia de las preocupaciones anteriores:

—Vaya usted con cuidado. Lleva usted dinero: no le atraquen y se lo quiten. La gente anda muy lista.


Á hurtadillas, ansiosamente, miraba á Clara el doctor Mariano Luz, procurando que ella no notase la contemplación de que era objeto. Acababan de reunirse para pasar la velada juntos, en la salita de confianza que precedía al despacho del doctor. Por una de esas afectuosas formas de captación que se producen entre los que bien se quieren, Clara había elegido, para refugiarse de noche á hojear periódicos, dar cuatro puntadas en una labor ó entreleer una página de revista, la estancia donde su padrino guardaba, en estantes abiertos, su rica biblioteca profesional. En el despacho no tenía Luz sino vitrinas con relucientes instrumentos y aparatos.

El silencio era significativo: silencio que palpita, que presta sentido hasta al ritmo de la respiración. Otras noches el médico procuraba tirar del hilo de conversaciones insignificantes; así engañaba y ocultaba su ansiedad. Hoy—no acertaría á decir por qué—érale imposible devanar una palabrería fútil. Se entretiene el tiempo cuando se tantea en la incertidumbre; reconocida la existencia del mal, se va derecho á combatirlo. Creía Mariano Luz escuchar ese aleteo de alas negras que tantas veces, en casos desesperados, le había impulsado, sin perder un segundo, á la atrevida operación.

—¡Clara!—exclamó. El tono de la voz expresaba tanto, que la señora se estremeció de pies á cabeza.

—¡Clara, hija mía!—insistió él; y se levantó de la butaca.

Ella le dejó acercarse. Sonreía, con sonrisa más doliente que ningún llanto. Siempre le parecía al doctor algo violenta la sonrisa de su ahijada. En aquel momento la encontró propia del reo que quiere mostrar serenidad ante los jueces.

—Clara—dijo por tercera vez,—¿estás enferma? ¡Ni sé por qué te lo pregunto, niña! La respuesta la llevas en la cara. Sólo que en ti lo enfermo se recata. ¿Merezco que intentes engañarme? ¿No comprendes, Clara, que tengo derecho á tu mal, sea el que sea?

—Nunca he disfrutado de mejor salud; reconóceme, tómame el pulso... Te convencerás.