Á su turno, la baronesa se puso grave, mostró tiesura quisquillosa.

¿Ah? ¿Conque así? ¿Qué se figuraba Silvio?

—Es justo... Ahora mismo; espérese un instante...

—Se ha enfadado—murmuró Silvio, con el tercer ó cuarto arrepentimiento y contrición en el espacio de veinticuatro horas.

—Naturalmente. Y yo en su lugar le mando á paseo. No puede negarse que dice la verdad y que usted es explotado por gentes que valen poco. Eso no es caridad, Silvio, ni beneficencia, ni cosa parecida.

—Me río de la caridad, me río de la beneficencia. ¿De dónde saca usted que tiro á filántropo? No. Es que he pasado miseria y sé que los miserables sufren al pedir. ¿Cree usted que piden por gusto? Piden... ¡qué sé yo! Y ¡qué diantre! ¡ahorrar! ¡monises! Ya los sacaré de este dedo, si no se me cae. Ahora, cuando venga la baronesa, la presentaré mis excusas...

Entraba ya, portadora de un sobre que encerraba algunos billetes. En la cara anterior del sobre se leía: “Esta cantidad pertenece á Silvio Lago, que me la ha confiado en calidad de depósito”.

—Tome usted... Apuntado estaba, por si me moría... Y no me traiga más cuartos. No lo puedo remediar; me fastidian ciertas candideces. Para esto no necesita usted depositaria. Cuente, cuente, á ver si falta...

Silvio recogió el sobre sin examinarlo; miró á la baronesa, sonriendo con la dulzura halagüeña de un niño; é inclinándose, cogió la mano de la anciana señora y la besó religiosamente. Era el ritmo de su psicología; era la continua fluctuación de su océano; era el repentino salto de sus impresiones, siempre rápidas y extremadas, notas de un instrumento demasiado tirante y vibrador.