Pero el único amigo verdadero que restaba á Clara la conocía demasiado, la había estudiado con sobrado amor, para que pudiesen despistarle exterioridades facticias. Sabía Luz de memoria lo que no se finge, porque no tiene sobre ello dominio la voluntad; el metal verdadero de la voz, el sentido de sus inflexiones timbradas ó enronquecidas, las empañaduras del cristal de los ojos, las securas de los labios quemados por nocturna fiebre, el temple urente de las manos, la fatiga y decaimiento del andar ó su desigual rapidez, la posición de la cabeza, la tirantez forzada de la sonrisa, el hundimiento de las maceradas sienes, la contextura de la epidermis, donde en pocos días habíanse marcado pliegues todavía no atribuíbles á la edad. Lo más significativo para el Doctor eran ciertas fulguraciones repentinas de la mirada, aceradas y terribles, que tenía apuntadas en sus cuadernos, por haber visto coincidir ese síntoma con resoluciones decisivas, con actos de violencia, con accesos de locura. La siniestra centella denunciaba el volcán oculto.

Ni por un momento pensó Luz en interrogar al pintor. Hubiese jurado que Silvio le diría la verdad; pero la verdad que en circunstancias tales se dice, no es sino cáscara de otra verdad íntima; cáscara de hechos secos y sin vida ni sentido. Nada son los hechos, aislados del espíritu donde recaen y han de germinar. Sólo cada cual sabe y conoce su verdad propia, que al pasar por ajena lengua se disuelve en humo. Clara, y nada más que Clara, podía interpretarse... si pudiese; si el alto silencio que á veces cierra los labios, á fuerza de despreciar la manifestación verbal, no los tornase piedra. Estatuas hay—pensaba Luz—que nos dicen mucho, tal vez lo infinito, y sin articular palabra. Dió entonces en traducir el mutismo de su ahijada, y la traducción fué espantosa. “Es preciso romper el hielo y animar la piedra—resolvió—de cualquier modo”. En todo caso de apelación á la verdad hay un largo período en que se la teme, y un instante en que á toda costa, y aunque sea entregando la vida, la solicitamos. Era llegado este instante para el Doctor.

—Hija mía—imploró,—si algo merezco de ti, devuélveme aquella confianza de otros tiempos. Es inútil que me digas que no te pasa nada; ya sé que no has de decírmelo. Nuestras inteligencias han convivido; nuestros corazones creo que se entendían. ¿No me quieres ya... un poco?

Clara dejó caer la cabeza sobre el hombro de su padrino.

—Pregunta—murmuró.—Aun de mala gana, te diré... lo que sepa. ¡No creas que lo sé todo, ni mucho menos!

—De ti misma no sabes... Es natural, niña mía, pobrecita. ¡Qué natural es! Ni nos sospechamos, lo mismo en lo físico que en lo otro. Ni nuestras enfermedades conocemos; solemos morir de algo que para nosotros carece de nombre. En fin, ¡á lo que importa! Perdona. Me consumo también yo; ¿no ves? Voy á recetarme bromuro. ¿Cómo quieres que no me sobresalte? No tengo descanso. ¡Quién sabe si estoy pasando peor rato que tú!

Hizo Clara, débilmente, muestra de agradecer aquella tierna simpatía, y el Doctor notó el abismo que el movimiento abría entre el presente y el pasado.

“Me quiere menos, me necesita menos que antes.”

—Pues bien, ahí va... lo que es posible que vaya—dijo ella.—Lo sucedido es poco; nada casi. Ya sabes que se me había puesto aquí—apuntó á la frente—que debía... casarme con él. Era tal vez una locura, tal vez una determinación ridícula; pero me parecía á mí cosa divina, el único asidero para reconstruir mi existencia estragada y perdida y darle un fin. ¡Un fin, un objeto! ¡Tú sabes que eso es necesario, que eso es indispensable!

—Verdad—contestó Luz.