—Yo—prosiguió ella—así lo entendía. Él lo entendió de distinto modo. Y... en concreto... no ha pasado más.
—¿Qué razones dió á su negativa?
—¡Razones!—exclamó Clara.—Aunque me hubiese dado cien... No sé de cosa más despreciable que una razón. Desde que esa vieja lela, cargada de sentencias, cargada de paja y de abrojos, sale á relucir...
—En fin, él alegaría algún pretexto...
—No; si él estaba en lo firme. No me quería.
—¿Eso tuvo el valor de decirte?—gritó el Doctor, indignado.
—Eso precisamente no... pero es igual. Nunca eso se formula en explícitas palabras. Seamos razonables, padrino; yo debo hacerle justicia; no adobó embustes: habló franca y hasta brutalmente. Me dijo las cosas que ruborizan y las cosas que desgarran; las cosas que imprimen estigma y las cosas que asfixian, ¿sabes? Él no es insensible. El dolor que causa, le duele. Casi en el acto le vi contrito. Su contrición era un acceso de piedad, un desquite de la conciencia. No lo dudes, tengo dos beneficios que agradecerle: el cauterio, y la caridad de querer aplicar bálsamo sobre la quemadura. ¿Te parece poco?
—No es poco para la naturaleza humana...
—Te aseguro que no le acuso, no; el que no miente, no falta. Si pienso en él, le veo lejos, lejos... mezclado y confundido con otras imágenes y memorias, que en realidad forman una sola y se llaman—para mí—el mundo de tierra.