Luz se levantó y paseó agitado por la estancia, buscando consuelos, reactivos.

—Eso no es cierto—prorrumpió al cabo.—Si le hubieses borrado de tu recuerdo, estarías tranquila; y no digo nada si algo nuevo hubieses escrito en ella. Y no tienes más camino: te han vaciado el alma, te han arrojado á la obscuridad. Llena el vacío, busca el sol.

Ella hizo un gesto de desahuciada que sabe que lo está.

—Dime, por lo que más quieras—insistió el Doctor.—¿Esta vez... fué como las otras? ¿Querías más, ó por otro estilo?

Clara tardó en responder: parecía que se examinaba despacio, que recorría todas las moradas del alcázar interior.

—Esta vez—pronunció al fin lentamente—hubo una diferencia que tú sólo puedes apreciar, porque sabes que no miento. Antes... quise ser feliz... pretensión que debe de constituir un crimen, según se castiga. Ahora, ya lo sabes, no pedí tanto: sólo quise que por mí fuese feliz... alguien. Puse mi felicidad fuera de mi egoísmo, y así pensé asegurarla. Acaso la ilusión se disfrazaba de abnegación. Él me lo arrojó á la cara.—“Lo que pasa es que me quieres, y á lo que aspiras es á tenerme siempre cerca de ti, asociando nuestras vidas”.—¡Verdad! ¡Mi generosa proposición envolvía un negocio... de amor... pero negocio, interés!

Respingo impetuoso de Luz.

—¡Si tal creyó, creyó una infamia! ¡Analizando así, se destruye y se disuelve todo! ¡No concibo que exista en el mundo espectáculo más bello que el de un alma como la tuya, cuando el amor la solivianta y la hace descubrir lo que permanece oculto en la vida diaria y vulgar! ¡Mira, niña, si yo no fuese... lo que soy para ti desde hace tantos años; si te conociese ahora, como te conozco desde la hora en que naciste, diría lo mismo! No hablo así por quererte tanto, no. ¡Es que como tú no hay muchas! ¡Apasionada, te colocas á la altura de los caracteres heroicos: se te caldea esa voluntad, se eleva ese corazoncito, y eres capaz de lo más grande! ¿Y ese hombre es artista? ¿Cómo no ha sentido la belleza que en ti resplandece? ¿Cómo no te adoró de rodillas? ¡Cuánta fuerza se pierde, cuánta semilla cae sobre la roca!

—Probablemente ese espectáculo que encuentras tú tan sublime lo damos las mujeres con gran frecuencia—observó Clara con fría amargura.

—¡No por cierto!—negó el Doctor.—No he conocido docenas de mujeres que transformen el instinto natural en impulso heroico. Eres la excepción.