—No puedo—murmuró Clara desmayadamente.—No es culpa mía; no es capricho. Es que me falta objeto; es que me parece que no vale la pena de defender lo despreciable.
—Coloca el objeto fuera de ti—advirtió Luz,—y será mejor... ¡Si supieses cómo absorbe y embriaga el estudio!—Y añadió, agarrándose á lo primero que se le ocurría:—Si te decides á aprender, aquí tienes maestro. ¿Por qué no me ayudas en mis trabajos? Detrás de su aridez aparente, está el universo, la infinitud de lo real. No eres tú un cerebro sin condiciones para reaccionar contra esa especie de fiebre infecciosa sentimental que te ha acometido; cuanto te sucede, cuanto notas en ti, del sentimiento dimana; desvía la dirección de tu sentimiento; te salvarás. Antes venías mucho á mi despacho. ¡Me gustaban tanto tus visitas! Ahora nunca apareces... Y tengo mil cosas raras que enseñarte. No te has enterado... He traído de Berlín novedades. ¡Si supieses! Yo también alzo mis castillos de esperanzas... que, probablemente, saldrán fallidas... Entretanto, con su jugo me sostengo.
—Dichoso tú si esperas—pronunció Clara.—Y como viese en la fisonomía del Doctor rápida inmutación, aunque procuraba esconder su terror violento, la dama sintió á su vez un prurito de disimulo, frecuente en los que oprime entre sus tenazas de acero la idea fija, y rehaciéndose, con la instintiva comedia de una sonrisa, añadió:
—No me niego á intentar la curación por la ciencia, padrino. Desde hoy me asocias á tus experimentos, si no te estorba una ignorante como yo...
Si Luz hubiese podido sospechar el cálculo secreto que acababa de precisarse en la mente de Clara, se le helaría la sangre. Como les pasa á muchas personas que sólo poseen una tintura de conocimientos, adquirida sin método, la antigua leyenda era para ella algo positivo. En el gabinete del médico suponía Clara que debía encontrarse, y aun elaborarse, el remedio á todo mal, el remedio dulce y seguro... Á menudo, la sed de ese remedio había abrasado sus fauces, en las interminables noches de insomnio, y el aparato de tortura, agresión brutal y degradación física, que se asocia á la perspectiva de tal remedio, había apagado la sed. Pero los sabios deben de conocer secretos para desatar el nudo sin que se entere la curiosidad póstuma, sin que el gesto sea repulsivo y feroz, y sin que el cuerpo se degrade al abrir paso al alma. “Para ti no hay otro desenlace”, repetía Clara, dando vueltas á su propósito. “No más vergüenza, no más mentira, no más decadencia, no más profanaciones... ¡Pobre padrino!” sugería acaso un resto de apego á la existencia afectiva. “Pero él puede irse también y dejarme aquí sola... y entonces... No; no conviene esperar...” El estado moral de Clara era tan característico, que temía dejar correr el tiempo, recordando que el tiempo, limador constante, gasta las resoluciones.
Y decidió sorprender el misterio del antro científico que tenía á mano, como, siendo niña, hubiese forzado un armario atestado de golosinas... Allí estaba la solución del enigma; allí, tal vez al alcance de la mano, el reposo tras de una jornada fatigadora.
Luz recibió la aquiescencia de Clara con alardes de alegría. Aunque las enseñanzas de su ejercicio debieran haberle probado cuán iguales se ofrecen el varón y la hembra ante el experimento del dolor, conservaba rastros tradicionales y creía discernir en la mujer algo de pueril.—“Se divertirá como una criatura”—pensó—“si la convenzo de que aprende”.—Recordaba casos; sabía que el alma es curable; y al igual de todos los tocados de leve manía, no dudaba que interesase á los demás lo que tanto le importaba á él. Apartar á Clara un minuto de su abstracción, era probablemente salvarla.
Empujó la puerta del gabinete de consulta, é introdujo á su ahijada; pero no se detuvo allí: sacando del bolsillo una llave, abrió otra estancia algo más espaciosa.