—Mira—observó—qué bien he arreglado este cuarto de los leones. Tú no sabes de la misa la media. Como me tienes abandonado... Lo empapelé de nuevo, y me encuentro aquí muy bien...
Era una salita cuadrada, vestida de gris, severa y hasta ceñuda, por lo que siempre tienen de amenazador aparatos y mecanismos cuyo objeto y manejo ignoramos. Al decir el Doctor que eran chirimbolos de electroterapia y radiología, no perdieron para Clara su austeridad, su enigmático aspecto. En la pared brillaban instrumentos de acero dispuestos en panoplia; dentro de una vitrina se alineaban otros no menos limpios y estremecedores. En un ángulo de la sala se erguía la jaula destinada á someter á los pacientes al alta tensión eléctrica. En primer término, ocupando buen espacio, una máquina de rayos X—ya anticuada, tan de prisa va la investigación,—deslustrados por el abandono sus dos amplios discos de metal, escudos de combate que el combatiente arrinconó para servirse de arma más poderosa. En el centro, la cama de operaciones radiográficas, con su cabecera movible y su colchoneta de terciopelo mustio. Al otro lado, en la esquina, la máquina flamante, la última, fácil de reconocer por ese indefinible pero auténtico aire de juventud y vida que también tienen los objetos inanimados. El Doctor se paró frente á ella.—Aquí—explicó—hago yo estas radiografías que voy á enseñarte...—Trajo una caja donde guardaba los clichés, y al trasluz mostró á su ahijada las curiosidades, haciéndoselas observar.
—Fíjate... Una luxación de la cadera... Se nota, ¿ves?, la diferencia entre los dos lados de la pelvis... Esta era una niña y se hubiese quedado coja. Ahí tienes la fractura de un brazo por el húmero. En esa mano, ¡con cuánta claridad resalta la aguja que no había modo de localizar para extraérsela á la pobre lavandera!
Clara miraba los clichés con desgana, aunque por complacer á su padrino repetía:—¡Es admirable!
El Doctor comprendió el entumecimiento de aquel espíritu ensimismado.
—¿Quieres—insistió—ver latir tu propio corazón?
Al tiempo de proponer á Clara la experiencia, Luz comenzó sus preparativos. La dama, á pesar de su indiferentismo, se conmovió de sorpresa al ver distintamente, al través de la pantalla, contraerse y dilatarse la víscera con normal regularidad, que tenía mucho de majestuosa.
—Padrino—murmuró,—¿no es raro que mi corazón funcione perfectamente? ¡Tantos martillazos como he recibido en él! Está visto que mi mal no lo curas tú ni todos tus colegas... Pertenece al dominio de lo desconocido...
Y con su hermosa voz de mujer apasionada, preguntó:
—¿Qué será lo desconocido, dime? ¿Te formas tú idea de lo que podrá ser, después de tanto estudiar y tantas mecánicas?