Al formular la interrogación, Clara experimentaba una ansiedad emocional, cuya razón sólo ella conocía. El enigma propuesto no era sino consecuencia de los anhelos de su sér, deseo de romper ligaduras y libertarse la cárcel de la vida. ¿Qué sigue al momento de la evasión? Clara notó con sorpresa que había pensado en ello alguna vez, pero nunca se había detenido hasta meditarlo. Cuando disponemos viaje á tierra desconocida, nos enteramos con interés de las costumbres de allá, de toda circunstancia. Clara notaba, atónita, que ni sospechaba la geografía del país del misterio.
El Doctor respondió con su leve é indulgente ironía de científico:
—Para mí lo desconocido es... lo que todavía no hemos tenido tiempo de estudiar. Lo desconocido de hace diez años, se llama ahora el telégrafo sin hilos, el suero antidiftérico, los rayos X... Lo desconocido ahora, tal vez se llame mañana con el nombre que yo le dé, si á fuerza de trabajo consigo alzar otra puntita del velo...
Movió Clara la cabeza escépticamente. Aplicando la mano sobre aquel corazón que acababa de ver latir, pensó que por muchos siglos que girasen ensanchando los límites de lo conocido, algo allí dentro se resistía á la explicación y al tratamiento de ciertos males por los métodos de la ciencia. De pie aún ante la máquina, Clara sentía, en vez de la admiración que esta clase de experimentos suelen producir en quien los ve por vez primera, una reacción invencible de desdén, y porfiaba, sonriendo con sonrisa de mártir.
—¡Lástima no haber nacido dentro de dos mil años! Entonces tú sabrías curar á las enfermas como yo, que no presentan ninguna lesión cardíaca.
Luz apreció la significación de la frase. El menosprecio de aquel alma lírica por las realidades científicas, lo había notado en más de una ocasión, pero nunca tan glacial y total como ahora; y, sin poderlo evitar, el Doctor pensó:—“Tiene razón, á fe mía. Dentro de mil años, lo mismo que hoy, para lo que ella padece no se conocerá remedio. ¡Su organismo, á pesar de las alteraciones del insomnio y la inapetencia, no tiene brecha abierta; lo enfermo ahí es inaccesible...!”—Sin dar repuesta, el Doctor, siguiendo el trabajo que pretendía hacer recreativo, propuso á su ahijada la radiografía de la mano.
—Verás... Así la conservaré...
Extendió la dama su mano descolorida, de largos dedos, jaspeada en el dorso con red de venillas azules, salpicada en el anular por la gota cruenta de un rubí, y la colocó de plano sobre la tabla. Era una mano enflaquecida y febril, y sólo con verla podía adivinarse un estado anormal del espíritu. Ligera crispación nerviosa impedía á la mano extenderse, y fué preciso que el Doctor la colocase, aplanándola, en la posición debida.
Cinco minutos de quietud, el ligero picor de las descargas eléctricas, hormigueo insignificante... Clara, inmóvil, absorta, escuchaba la crepitación de la máquina, se absorbía en contemplar la gran ampolla del tubo Crookes, semejante á enorme y translúcida agua marina, y detrás la otra ampolla, de diseño más elegante, la de los rayos catódicos, irisada de rosa sobre el verde suave, con cambiantes de ópalo rico. Pasaron al tugurio en que el Doctor tenía los chirimbolos fotográficos, á fin de revelar la placa. Sobreexcitada la fantasía de la señora, se exaltó más en la obscuridad, combatida apenas por una luz eléctrica de roja bombilla, que lanzaba reflejos de sangre sobre el rostro enérgico y expresivo del Doctor. Éste, preparando la cubeta, trataba de que la solución de hidroquinona bañase por igual la placa, y los mechones argentinos de su pelo se incendiaban con resplandores de hoguera. La habitación, reducida y atestada de trastos que se vislumbraban apenas, sugería visiones de alquimia y de hechicería medioeval. Tal vez del estado íntimo de Clara dependía su emoción ante objetos triviales, que á plena luz sólo hablaban de cocina é industria. Era la sensibilidad herida, la imaginación obsesionada.
Poco á poco, á los reiterados golpecitos de tableteo de la cubeta, sobre la placa antes vacía comenzó á asomar una especie de nebulosa, cuyos contornos fueron precisándose. Dibujóse, cada vez más visiblemente, la marca terrible de una mano de esqueleto. Abierta como estaba, desviado el pulgar, la mano tenía la actitud de un llamamiento, de una seña imperiosa. Parecía decir: “Ven”. Clara, fascinada, miraba fijamente, ávidamente, los huesecillos mondos y finos que acentuaban su mística forma, esbozada antes, y los veía, sin nada que los uniese en las falanges, exagerar su gótico y macabro diseño, que parecía trasladado de algún viejo painel de retablo de catedral. Y siempre la capciosa seña, el llamamiento insistente, persuasivo, hiriendo las cuerdas de la oculta lira que Clara llevaba dentro y que sólo esperaba el soplo de aire. “Mi propio esqueleto”—repetíase atónita la señora.—“Así soy... ¿Dónde va la carne? No hay carne; la carne se ha disuelto”.—Una asociación de representaciones, involuntaria, fulgurante, presentó al lado de aquella mano seca la figura de otra mano varonil, esqueletada también. En su alucinación, vió que las dos manos, los dos haces de huesecillos áridos y obscuros, se buscaban y se unían un momento, entrelazando y enclavijando sus grupos de flautines de caña, y produciendo un sonido de choque de palillos, irónicamente musical. Se soltaron por fin las dos manos de muerto, como asustadas ó hartas de estrecharse, y los huesos sin trabazón rodaron esparcidos por el tablero de la mesa, donde reprodujeron la sepulcral burlesca musiquilla...