Á la claridad bermeja que continuaba iluminando sólo un punto del mezquino aposento y concentrándose en la cara del Doctor, absorto en la manipulación que realizaba, se apareció á la vizcondesa de Ayamonte lo que basta para cambiar un alma, lo que impregna edades enteras de la historia: la gran realidad de la muerte, única promesa infaliblemente cumplida. Detrás se extendía el proceloso infinito...

Lo que Clara sintió en el espacio que tardó Luz en exclamar: “¡Ya está!” fué como un vértigo; fué ese sacudimiento y temblor que los gruesos y embotados de espíritu no comprenden, y que les produce la admiración siempre algo incrédula del paleto ante refinamientos extraños. Sin género de duda, para que se produzca tal fenómeno es preciso que esté el alma ya trabajada, batida y macerada en nardo y mirra. Lo que parece súbito, inesperado, es lógico y consecuente. Sin embargo, el mismo interesado se engaña. Clara se figuró que una mujer nueva nacía en ella; que por primera vez penetraba la significación de una fantasmagoría hasta entonces indescifrable, fatigosa como todo lo que carece de sentido, y sin embargo solicita la atención. “He vivido ciega”, murmuró interiormente, estupefacta. No parecían posibles ni el engaño, ni el desengaño. La sensación fué cual si hallándose en algún recinto cerrado y donde escasease el aire, de ímpetu las paredes y angosturas se desvaneciesen, penetrando un huracán vivaz, ardiente y embriagador, y abriéndose á sus corrientes todo el sér. Aquel aliento y aquel soplo la inmutaban, la llamaban á desconocida región; y en tan decisiva hora, advertía el mismo transporte entusiasta que en la ventana de Toledo, el mismo vibrar de alas invisibles colgadas de sus hombros, la misma apetencia de espacio inmenso,—sólo que ahora se reconocía segura de no caer, aunque de muy alto se lanzase.—De tal engreimiento pasó (con la subitaneidad eléctrica que caracteriza á este género de impresiones) á un anonadamiento profundo de arrepentida. Sobre la cera en aquel punto blanda y caliente de su conciencia, se imprimió el ut cognobit de los corazones mudados, de las almas plasmadas por la diestra del sumo Artista. Un terror sin límites la salteó: el miedo de perder aquella disposición en que se encontraba desde hacía pocos minutos. Su voluntad, íntegra, se tendió y lanzó hacia lo que acababa de entrever. “No me abandones, espérame” dijo sin palabras. “Sácame de mí, llévame á ti”. Su cuerpo y hasta su inteligencia le parecían ser cosa ajena, carga que la sujetaba al mundo material.

Experimentaba el ansia de acción que acompaña á ciertos trastornos espirituales, y era su inquietud como de cierva á quien atravesó la flecha enherbolada, á quien persiguen lebreles, y á quien aguija, más que el susto, el ansia de llegar á la fría fuente escondida entre peñascos. Se daba cuenta de que hacía mucho tiempo, quién sabe cuánto, acaso desde la primera edad de su vida, había sufrido aquella punzada, aquel prurito; que el fuego en que se había abrasado su corazón no era sino sed del manantial oculto. Á su memoria acudió el recuerdo de una de sus lecturas caprichosas, guardada allí como en depósito.

Uno de los profetas de Israel, que eran grandes poetas, escondió en cierta ocasión el fuego del sacrificio; mientras lo celó, se convirtió en agua; pero á la hora de sacrificar recobraba el sér de fuego. El símbolo se hacía para Clara, en aquel instante decisivo de su vida, transparente. ¡Cuando recogiese en su interior la profanada llama, se convertiría en agua y la refrescaría!

Sus ojos volvieron á fijarse en el cliché, siguiendo la vulgar operación química que practicaba el Doctor. La especie de alucinación se había disipado; ya no veía otra mano monda y descarnada juntándose con la suya en fúnebre caricia; la placa radiográfica estaba allí, natural, semiconfusa. ¡Su propia mano, sus huesos, no cual llegarían á estar en el ataúd, sino animados de vitalidad singular!

Y, resuelta, contestó á la seña de la mística mano sin carne:

—Voy...

El Doctor, en aquel punto mismo, levantaba la cabeza pronunciando:

—¡Cómo se ve que es mano de individuo bien alimentado, bien constituído, y cómo se indica la raza en la delicadeza de ese dedo meñique, una verdadera monería! Y no hay deformación ninguna, ni señales de alteración reumática en las articulaciones. ¿Verdad que poder fotografiar así los huesos tiene algo de milagro?